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Tiempo de reflexión

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Este año la semana más importante para los cristianos encuentra al mundo entero, y a la Iglesia en particular, enfrentando una pandemia que para muchos fieles también es sinónimo de decepción por no poder asistir a ninguno de los rituales y ceremonias propias de la fecha.

En efecto, las restricciones sanitarias han obligado a los católicos a acudir a las pantallas para participar, a distancia, en las ceremonias. Una vivencia nueva que implica, sobre todo, privarse de estar presente en un mismo recinto con más creyentes. Algo que es difícil aceptar, toda vez que la experiencia de comunidad, la convivencia en torno a la fe, es un pilar del cristianismo.

Pero esta realidad tiene una contracara que es igual de poderosa para creyentes y no creyentes: la vivencia íntima, la reflexión del aislamiento reflexivo -así sea voluntario o forzado– que las personas están descubriendo por estos días. En otras palabras, y aunque por motivos extraordinarios, lo concreto es que esta Semana Santa ha sido de privaciones y reflexión, rasgos que otrora marcaban esta efeméride religiosa.

De hecho, el propio Papa Francisco ha insistido en la invitación en ver este acontecimiento no como un castigo de Dios, sino como una oportunidad que este brinda para buscar el silencio y por esta vía redescubrir e interiorizar el hecho de que no estamos solos. Enfrentar así la verdad de que, como lo expresó el pontífice en su bendición urbi et orbi de hace unos días, navegamos todos, sin excepción, en la misma barca.

Y es justamente esta la reflexión que tal vez no han hecho aquellas personas que, sin un motivo válido, han burlado la orden de permanecer en casa. Quienes salen de sus hogares, en abierto desafío a una medida que es una directriz necesaria para evitar el colapso del sistema de salud, con el costo en vidas humanas que acarrearía, actúan de una manera absolutamente reprochable y merecen no solo la sanción que estipula la ley, sino también una sanción social. Sobre todo, aquellos que abandonan las ciudades para desplazarse a zonas rurales en las que todavía no se han registrado casos de Covid-19 y en las que la infraestructura hospitalaria es abiertamente deficiente.

Esta situación paradójica que ha generado el coronavirus, de temor y reacción mundial, nos brinda la posibilidad única de mejorar, de volver a ser más humanos, más sensibles y más solidarios.

El problema no es solo la pandemia. El problema es que pase sin que reflexionemos. El problema es que cuando termine, nos comportemos como antes de ella.

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