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Tercera cuarentena

Mauricio Ulloa

El aumento de los casos positivos de covid-19 en Chillán y la alta velocidad de contagios, además del fuerte estrés que está soportando la red asistencial de salud, motivaron una nueva cuarentena para la capital de Ñuble y el retorno de medidas drásticas como el confinamiento total y obligatorio de las personas y limitaciones a buena parte de las actividades económicas.

El anuncio que hizo ayer el Ministerio de Salud, en todo caso, no debería sorprendernos. Lo veníamos advirtiendo hace semanas mediante distintos reportajes y artículos de opinión. Si no se toman medidas a tiempo para frenar la expansión del virus, que ayer totalizó 12.631 casos notificados y 245 decesos en la región, el efecto podría ser devastador, sobre todo para la atención hospitalaria. Por eso, hoy no hay más opción que decretar una tercera cuarentena en la ciudad, aunque hubo oportunidad de que no ocurriera, de prevenirla, pero lamentablemente faltó solidaridad y disciplina social. No debemos olvidarlo.

El momento más difícil de la pandemia es éste. Si lo comparamos con las dos cuarentenas anteriores, en abril y septiembre de 2020, el actual escenario es superior en todos los indicadores críticos. Esta vez hay más de 700 casos activos (versus 450 y 600, respectivamente); el número de contagios es muy alto (ayer fueron 112), y el comercio local está reventado, con miles de pequeños empresarios y empleados desesperados por la situación.

Es indudable que el manejo de esta crisis sanitaria supone una problemática cultural y social, donde las conductas colectivas –hoy muy deterioradas por la ignorancia e irresponsabilidad de buena parte de la ciudadanía- han condicionado negativamente la capacidad de Chillán y Chillán Viejo para responder ante la emergencia.

El decreto de una tercera cuarentena así lo demuestra y es muy lamentable que así sea, pues revela que en 10 meses aprendimos poco o nada para enfrentar el mayor desafío sanitario y social en la historia de las actuales generaciones.

Confinarse es la medida más básica, pero también pertinente dado el creciente ritmo de contagios en la capital regional. No obstante, es un instrumento muy costoso, porque hunde la actividad económica local y destruye puestos de trabajo, como también porque hace sufrir a una población que en general está muy susceptible: porque es verano y hay 35 grados de temperatura, como también porque ha aguantado un año esperando acciones efectivas que le garanticen algún grado de tranquilidad.

Hoy esa población se debate entre la falsa expectativa de una rápida inmunización y el cansancio y fastidio por el regreso de la cuarentena, mientras la autoridad sigue sin convencer y comunicar adecuadamente la gravedad de lo que ocurre. Los errores conceptuales, los cambios de mensaje, las señales confusas, han sido una constante y de seguro el peor aspecto a evaluar cuando dentro de 5 o 10 años se evalúe la gestión de esta pandemia.

Mientras tanto, daríamos un gran paso si cada uno de los chillanejos entendiéramos que ha llegado la hora de la solidaridad y de la cooperación, de revisar valores, prioridades y prácticas, sobre todo en los espacios domiciliarios, donde se ha demostrado que están ocurriendo los mayores contagios.

El asunto hace rato dejó de ser de camas UCI y ventiladores mecánicos, es de comportamientos generales y, por encima de todo, de tener claro que el bienestar general incluye apartarse de la manida dicotomía entre la economía y la vida. Es el momento de no equivocarse y empujar todos para el mismo lado.

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