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Refundar

En la recién instalada Convención Constituyente, su presidenta habló de refundar Chile. Para unos, un despropósito y una radicalización innecesaria; para otros, una expresión de lo que el país necesita para acabar con abusos y alcanzar la dignidad que se demanda.

Más allá de la coyuntura, creo que “refundar” apela a un dinamismo positivo. En algunos círculos católicos, hablamos de refundar la iglesia, de refundar la vida religiosa, para señalar el deseo y la exigencia de volver a lo fundamental y ser más fieles a los valores evangélicos. Esta nota positiva está presente también en la definición que la RAE nos da de refundar: “revisar la marcha de una entidad o institución, para hacerla volver a sus principios originales o para adoptar estos a los nuevos tiempos”. Es el mismo horizonte en el que se nos sitúan otras palabras como recrear, rehacer, reedificar, restructurar, etc.

Desde esta perspectiva, no hay duda de que Chile necesita refundar muchas cosas. No podemos estar contentos con los altos niveles de desigualdad, pobreza, abusos, violencias y otras calamidades que afectan a hermanos concretos y que hacen que “la cancha no sea pareja” para todos y la riqueza esté tan mal distribuida. Ante esto, una refundación es un anhelo mayoritario y tiene que traducirse necesariamente en un cambio de estructuras y relaciones, es decir, en la forma en que nos organizamos y en que interactuamos, no solo las personas, sino los diversos grupos, actores sociales y culturas. Un cambio que sólo se quede en palabras o en buenas intenciones sería frustrante, y parece haber un diagnóstico bastante compartido de que necesitamos como país pasar a un nuevo ciclo o etapa de desarrollo.

Ahora bien, es evidente que un cambio de este tipo necesita de amplios acuerdos y de un compromiso transversal. No es algo que se pueda hacer “contra otros” o imponer violentamente. Ni siquiera imponer por mayorías que desconozcan o no integren a las minorías, pues eso no sería más que un “cambio de signo” que, tarde o temprano, vuelve a cambiar. Ha de ser un proceso hecho en diálogo y democracia, por cauces institucionales, que derive en una transformación gradual, pero decidida, al servicio del bien común, que es el bien de todos. Si un proceso sociopolítico no trae un bien permanente y dignificante para una inmensa mayoría, especialmente los más pobres y vulnerables, no será una refundación, sino un simple cambio de bando.

Es evidente, también, que ningún país o grupo se refunda si no cambian las personas, si no crecemos en respeto mutuo, si no tratamos a los demás como queremos que ellos nos traten. Me temo que, a menudo, queremos cambiar la sociedad sin convertirnos personalmente; o queremos cambiar a los demás, sin cambiar nosotros. Resulta muy contradictorio querer el cambio social para un mundo mejor, descalificando y agrediendo a los demás; como también es contradictorio querer la paz sin “mover un dedo” por transformar las situaciones de injusticia y de corrupción. Jesús nos recuerda que “del interior, del corazón de los hombres” salen las maldades, las codicias y la insensatez (cf. Mc 7, 21). Todos necesitamos refundar cada día nuestra vida sobre valores más sólidos y actitudes más fraternas. La Constitución no hará milagros por sí sola.

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