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¿Qué hicimos mal?

La evolución económica y social del país ha sido sorprendente. En materia económica, entre los años 1960–1970 el PIB per cápita no superaba los 1.000 dólares; en el período 1970–1980 alcanzó los 2.500 dólares; en el período 1980–1990 rozó los 3.000 dólares; en 1990–2000 subió a los 5.800 dólares; en el período 2000–2010 la cifra se encumbró a casi 13.000 dólares y en el período 2010–2020, la cifra se ha acercado a los 16.000 dólares (Fuente Banco Mundial). Es decir, en 50 años el PIB per cápita creció desde 500 a 16.000 dólares (32 veces).

En materia social, los resultados de 1990 mostraron que en Chile existía 13% de indigentes y 25,6% de pobres no indigentes; en 2017 los indigentes representaron 2,3% y los pobres no indigentes 6,3%. Es decir, mientras en 1990 la pobreza ingreso afectaba a casi 5 millones de personas, en 2017 afectó a 1,5 millones de personas.

¿Por qué esta realidad objetiva no se transfiere a la realidad subjetiva que viven los hogares en Chile?

Las grandes tragedias ocurridas en Chile y el mundo hacia fines del siglo pasado y durante lo que va corrido del presente siglo, denota una realidad que hizo despertar a la población de ingresos medios respecto de su verdadera situación económica. Mantener el estilo de vida que exigía el nuevo estatus económico y social de nuestro país, incentivó a la población a recurrir al sistema financiero. La teoría del ciclo de vida y del ingreso permanente, impulsaban a la banca a seguir en el proceso de comprometer los ingresos futuros de sus clientes.

En 1998 llegó el primer aviso de que el modelo no funcionaba bien. La crisis asiática golpeó con dureza el mercado laboral, elevando la tasa de desempleo a dos dígitos. Los flujos de ingreso esperado se esfumaron, pero el stock de deuda mantenía su ritmo de crecimiento. La rápida recuperación de la economía llevó a los afectados a olvidar el problema. El mercado laboral se recuperó con fuerza y sobre los crecientes ingresos esperados recayeron nuevamente innumerables ofertas de crédito para anticipar su beneficio fortaleciendo el consumo presente.

A poco andar del nuevo siglo, el mundo ingresa a una nueva etapa. Las burbujas de la economía financiera inciden con mayor fuerza en la actividad económica real. Se acorta el período de las crisis económicas y aumenta su profundidad. En este ambiente, el problema del desempleo da paso a un contrato laboral más precario, donde asoma con fuerza la sustitución de la mano de obra por nuevas tecnologías.

Los hogares observan con impotencia una carga financiera que se les hace cada vez más difícil de sobrellevar. Los flujos esperados de ingresos disminuyen; las lagunas previsionales aumentan; la expectativa sobre el nivel de ingreso proveniente del ahorro previsional se desploma. Mientras el país sigue creciendo y generando cuantiosas riquezas, las expectativas de una mejor calidad de vida para miles de hogares que confiaron en el sueño americano se cae a pedazos.

¿Qué hice mal? O mejor dicho después de constatar lo ocurrido el 18 de octubre, ¿qué hicimos mal?

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