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Poder destructor

Tempranamente han comenzado los incendios forestales en la Región de Ñuble. A principios de esta semana se decretó la primera Alerta Roja de la temporada y las diferentes autoridades y servicios, liderados por la Onemi, advirtieron que en el verano 2020 se configura un preocupante escenario, por altas temperaturas, abundancia de vegetación seca, fuertes corrientes de aire tibio y la presunción -fundada por recientes casos- de que la intencionalidad podría incrementarse.

Los incendios forestales movilizan a brigadistas y material de apoyo de diversa índole, ponen en riesgo vidas humanas y exponen al territorio regional a cuantiosos daños materiales y ambientales, muchos de los cuales son irrecuperables.

Ñuble dispone de 280 mil hectáreas de plantaciones forestales, la mayor parte de pino radiata y eucaliptos. Por cada hectárea de plantaciones se puede obtener unos 20 metros cúbicos de madera por hectárea. Utilizando un factor de 2,5 metros cúbicos por tonelada, se obtiene un factor de 8 toneladas de madera por hectárea; es decir, la región tiene aproximadamente 2,3 millones de toneladas de madera en pie. El poder calorífico aproximado de la madera en verde es de 14,4 millones de kilo joule por tonelada, lo que significa una energía calórica potencial de 33 billones de kilo joule, equivalente a 390 bombas atómicas iguales a la utilizada en Hiroshima.

Los incendios forestales son una amenaza real, respecto de la cual se puede desencadenar un infierno 390 veces la tragedia vivida en Japón, en la cual murieron 140 mil personas y la destrucción material y ambiental fue devastadora. En 2012 y 2017 vivimos en carne propia esa dantesca realidad, en la cual se perdieron vidas humanas, miles de hectáreas de plantaciones y también de empleos, además de daños al medio ambiente que aún perduran.

Pero no es todo, los efectos en la industria turística y en la agricultura, también tuvieron un efecto devastador en cientos de familias que viven durante el año con los ingresos que generan en la época estival.

Entre el actual paraíso verde con el cual se viste el territorio regional y el infierno creado por los incendios forestales, existe una línea extremadamente delgada la cual, por lo general, es traspasada habitualmente por la acción voluntaria e involuntaria del ser humano.

Para hacer frente a esta realidad se requiere una mayor proactividad en la prevención y un endurecimiento de las penas en la legislación para quienes son responsables. Pero por sobre todo, se requiere educar para crear conciencia colectiva sobre la importancia de erradicar los incendios forestales, evitando con ello un infierno que todos sabemos cómo se inicia, pero que nadie puede dimensionar cómo termina.

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