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Patrimonio alimentario

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Las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que ha experimentado el mundo en las últimas décadas, como la globalización, los procesos de migración campo-ciudad, los cambios de estilo de vida y de hábitos de alimentación en las ciudades, han detonado procesos vinculados al patrimonio agroalimentario y han modificado también el desarrollo de comunidades de rurales.

Chile no está ajeno a estos procesos que en Ñuble tienen una especial relevancia, por exhibir la mayor ruralidad del país y por albergar un rico patrimonio alimentario.

Como respuesta a estos fenómenos, las principales acciones han apuntado a la revalorización de la producción agroalimentaria tradicional mediante la generación de mecanismos de certificación, a través de estrategias de diferenciación enfocadas mayoritariamente en los mercados externos.

En esa línea, instituciones del Estado, como la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) del Ministerio de Agricultura, así como centros de investigación, entre los que destaca la Universidad de Concepción, han abordado el desafío de incentivar procesos de patrimonialización asociados a una reactivación económica de las economías locales y a un efectivo resguardo de las culturas alimentarias.

Tal como lo ha señalado el investigador de la UdeC, Dr. Christian Folch, instancias como el comercio justo y los circuitos cortos de comercialización, promovidos desde el Estado por agencias como Indap y por los municipios, así como también desde organismos privados, se presentan como alternativas que buscan estrechar las confianzas entre productores y consumidores, fortaleciendo el capital social y reduciendo la presencia de intermediarios, distancias geográficas e impactos al medio ambiente.

Ante este escenario, Ñuble, que aspira a ser una potencia agroalimentaria de nivel mundial, tiene la oportunidad de definir un eje de desarrollo basado en la revalorización del patrimonio alimentario, aprovechando sus condiciones geográficas y climáticas favorables para el cultivo de una gran variedad de productos tradicionales, muchos de los cuales han ido retrocediendo frente al avance de los monocultivos orientados a los mercados externos.

Según expertos, la apuesta por el patrimonio alimentario no es solo un imperativo cultural, sino que una ventana para pequeños productores de obtener un retorno justo por su trabajo de la mano de la agregación de valor y la diferenciación, levantando un relato que sustente ese valor.

Proyectos multisectoriales liderados por la U. de Concepción en Ñuble, como la agregación de valor a las castañas de El Carmen o de los productos forestales no madereros, así como el desarrollo de un polo de ingredientes funcionales a partir de granos ancestrales -quinoa y alforfón-, son buenos ejemplos de este esfuerzo.

Pero estas iniciativas serán insuficientes si no van acompañadas de un nuevo enfoque territorial en los procesos de planificación y gestión, que considere temas estructurales del espacio rural, como la retención de población joven, el acceso al agua y a servicios básicos, el mejoramiento de la conectividad y el apoyo a las mujeres, que no sólo se vinculan a la producción agrícola, sino que desempeñan otras actividades propias del campo, como la artesanía, el turismo y la elaboración de alimentos procesados.

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