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Nuestro mestizo inconsciente colectivo

¿Cómo es que Chile se volvió soberbio, indolente, cruel y primitivo? El lumpen saqueador -al que nunca se le amó- no tiene valores porque históricamente fue desfondado de sus raíces rurales y ancestrales. Pero tampoco los tiene el lumpen dirigencial “de cuello y corbata” de la clase acomodada, el que evadió impuestos, se apoderó de las empresas del Estado y negó dignidad a sus trabajadores. Dos categorías de evasores y saqueadores. Tampoco la Iglesia los pudo permear, pues la fe misional no produjo una sociedad humanista. La clase política y dirigente, los patrones, el gran mundo empresarial, por 200 años ha renegado del mestizaje. La aristocracia, nunca “vio” al pueblo mestizo. Y menos su tejido y fondo cultural, ese que en la colonia tenían los “huachos” que festejaban la “Cruz del Señor de Mayo”, con una gran minga y jugando el linao y el palín. Nadie trabajó para la primera necesidad de ellos: la necesidad espiritual de identidad. Simplemente se les arrebató su alma singular, porque al gobernante solo le importaba el aguante de sus hombros, de sus brazos o de sus caderas: gentuza necesaria para servidumbre de sus vasallos.

Luego fueron los “rotos”, hoy los “patipelaos”. Su sometimiento fue relativamente fácil, pues al hacinárseles en la urbe y como casi todos subían desde las provincias, ya sin tierra pasaron a depender de las dádivas de su patrón. En las distintas épocas, muchos venían de vuelta de las guerras, pero antes ya habían sido reclutados desde los campos, de los lavaderos de oro y de los antiguos pueblos de indios. Todos se fueron quedando en la capital por el trabajo. De peones de las grandes haciendas pasaron a ser obreros de textiles, de las curtiembres, de las pegas de bolones en el Cal y Canto. Primero fue el alcoholismo, luego las otras drogas como imitar al “Cristo pobre”. Después, el analfabetismo y las políticas que le negaban participación social y auténtica educación. Nunca entraron como un legítimo otro en la sociedad civil. Tal como a sus hermanos directos, los pueblos originarios, no se les reconoció existencia, por tanto, ningún derecho de representación, ni siquiera mención explícita en la Constitución del país. Como los indígenas, ciudadanos de tercera, solo valían en cuanto aporte a la fuerza bruta de trabajo. Todo en el Chile post O´Higgins, el último mestizo y hablante del idioma mapuche, lo destituye la elite porque esa fronda aristocrática se siente herida.

Desaparecidos los luchadores sociales, solo quedó Gabriela Mistral levantando la bandera del mestizaje en las escuelas y en los libros. Y se vino el olvido absoluto de la identidad del pueblo: el modelo tenía que venir de afuera para sentirnos “alguien”. Pero se viene un nuevo contrato social para refundar el Estado. Pero ahora no desde las emociones revanchistas y regresivas, sino desde la creatividad del alma popular, sin dejar a nadie debajo de la mesa. Ya lo sabemos: “Lo que niegas te domina, lo que aceptas te libera”. Pero ¿cuál es el Chile que ahora queremos construir?: un Chile centrado en su propio ADN, con profunda innovación social, descolgado de recetas del Federal Reserve o de Harvard, centrado en sus nativas ideas del desarrollo aunque éste sea más lento; que dialoga con y desde su raíz, un Chile de pequeñas comunidades solidarias, que ama su morenidad, que rechaza ser parasitado por modelos, economías o intereses de elite, tantas veces enmascarados en préstamos bancarios “blandos”; un Chile que se asume andino, criollo y local. Un Chile autónomo en su industria alimentaria, orgánico y sin transgénicos. Un Chile que bajo la Alameda camina más lento pero más feliz. Un Chile que en vez de fomentar un CiberMonday con récord de ventas, celebre un Nguillatun con récord de lluvias y dones para toda la tierra.

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