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Nuestra vocación

Mauricio Ulloa

¿Por qué Ñuble, estando por sobre el promedio nacional en disponibilidad de recursos naturales, se sitúa porfiadamente bajo el promedio nacional en términos de resultados económicos y sociales? ¿Qué tenemos que hacer para que la región se ubique por encima del promedio?

Hace un siglo, cuando era una provincia, tenía un marcado protagonismo, con una actividad económica y social solo superada por Concepción. Pero en la década del 60 y sobre todo después del golpe militar, vio reducido ese protagonismo al punto que indicadores como pobreza, empleo y nivel de remuneraciones hoy son de los peores de Chile.

Al consultar a especialistas y observar la matriz productiva, la respuesta refiere inevitablemente a un modelo de desarrollo económico muy poco diversificado y de bajo valor agregado, históricamente asociado a la agricultura tradicional.

Por otra parte y después de casi cinco décadas, el bajo aporte de la industria forestal al PIB regional no alienta mejores expectativas. Ñuble concentra hoy su industria en el sector silvoagropecuario, es decir, en la producción forestal-maderera y en el procesamiento de alimentos, pero más de dos tercios de sus exportaciones dependen del rubro forestal, mientras que la agroindustria se basa en la elaboración de algunos pocos productos hortofrutícolas que se exportan.

Pese al impulso exportador hortofrutícola, la mayor parte de dichos envíos corresponde a productos con baja agregación de valor, pues corresponden a fruta fresca y congelada, en desmedro de subsectores como las conservas, los deshidratados y los jugos, que no tienen un peso significativo en la canasta exportadora local.

Y es que pese a contar con ventajas comparativas y una rica tradición agropecuaria, Ñuble no ha sabido o no ha podido dar el salto industrial necesario para agregar valor a su producción.

Si bien es destacable lo que se ha avanzado en materia de investigación científica y en la elaboración de alimentos gourmet para la exportación, donde ha sido clave la innovación, la tenacidad de unos pocos emprendedores y el apoyo del Estado, ello aún es insuficiente y las empresas que han seguido este camino siguen constituyendo una minoría.

A estas alturas, está claro que se requiere un impulso modernizador más potente, fruto de un trabajo público-privado, con una política de incentivos más audaz por parte del Estado, pero también con el compromiso del empresariado de hacer suyo este desafío, con innovación y conocimiento y una estrategia bien definida, que debe nacer de su principal vocación productiva: la agroalimentación.

El forzado experimento de una economía cerrada por el coronavirus nos ha mostrado que hay una oportunidad para escribir una nueva historia, con una hoja de ruta que promueva la diversificación y renovación de nuestra matriz económica y le agregue valor a los productos que nacen de nuestro fértil territorio.

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