Efecto contraste y relatividad

Por: Macarena Dávila Vera 2018-04-09

Macarena Dávila Vera
html head title/title /head body pAcadémica Escuela de Administración y Negocios de la Universidad de Concepción./p /body /html

Chile está en una posición de privilegio en diversos rankings de desarrollo económico y competitividad. Nuestra imagen hacia el exterior no puede ser mejor. Somos el país número uno en Latinoamérica en los índices del PNUD; de Progreso Social (Social Progress Index); de Libertad Económica (Heritage Foundation); en el índice Global de Innovación (Wipo); en la lista “Dónde es Mejor Nacer” del Economist Intelligence Group. En 2017, Chile se ubicó como el país más competitivo de América Latina en el ranking del Centro Mundial de la Competitividad (CMC) que evalúa a 63 países en función de 260 indicadores. Y, por si esto fuera poco, el prestigioso Índice Global de Competitividad del Foro Económico Mundial, también nos ubica como líderes en AL, donde ocupamos el lugar número 33 de 137 naciones a nivel mundial. Un curriculum envidiable que ha sido en parte el resultado de la aplicación rigurosa y estricta del modelo neoliberal y en parte también, impulsado por el trabajo y el esfuerzo sostenido de los chilenos. 

Pero todo es relativo ¿cómo así? En primer lugar porque si nos comparamos con nuestros vecinos, tenemos altas probabilidades de destacar. Acá se da el denominado “efecto contraste”, es decir, como la competitividad en América Latina es deficiente, nosotros aparecemos favorecidos. 

Hay varios países en la Región podrían ser muy atractivos para hacer negocios, sin embargo, como sabemos están atrapados en graves problemas políticos, económicos y sociales, lo cual hace imposible el que puedan aprovechar sus potencialidades. La situación de México, Venezuela, Argentina y Brasil, permiten que Chile destaque. 

Pero también el éxito, en este caso, es relativo por una segunda razón. Todos esos rankings en los cuales aparecemos bien posicionados, contrastan también con otras mediciones. Si nos remitimos al ámbito económico, en un estudio realizado por OECD y el Banco Mundial, Chile encabeza el ranking de países más desiguales entre las principales economías del mundo. Esto, a pesar de que nos vaya bien económicamente, porque la redistribución es mínima y no tiene impacto en la desigualdad. 

Otro de los ámbitos en los cuales Chile destaca es en materia de salud mental, pero no por las mejores razones. Según los últimos informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Chile está ubicado entre los cuatro países con peores índices de salud mental en América Latina y lidera a nivel continental los indicadores de depresión, suicidio, estrés, consumo de psicofármacos y licencias médicas por razones psicosociales. 

Sin ánimo de simplificar el análisis y considerando que siempre los fenómenos sociales son multifactoriales, llaman la atención estos contrastes y surgen algunas inquietudes: ¿Qué valor tienen estas mediciones? ¿Existe relación entre los impulsores del éxito económico y los resultados en materia de salud mental de la población? ¿Los valores en los cuales se cimientan los modelos de desarrollo de un país, afectan el bien(mal)estar individual? 

La crisis que venimos experimentando de instituciones con valor sicosocial (Estado, Iglesia, partidos políticos) ¿generan estrés y angustia en la población? 

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