La prioridad es rural

Por: 2018-03-14

La desigualdad en Chile no solo se manifiesta en las brechas de ingresos de las familias, sino que también a través del acceso a bienes y servicios, donde además del poder adquisitivo, inciden otros factores, como la ruralidad. En la región de Ñuble, donde el  40% de su población vive en zonas rurales, este tema es fundamental, porque se traduce en problemas de conectividad, transporte y de acceso a servicios básicos, como agua potable, electricidad, internet, salud y educación, entre otros. 

Un símbolo de esta brecha lo representa el alto porcentaje de rutas sin pavimentar, que bordea el 80%, lo que dificulta el transporte de personas y carga, favoreciendo el aislamiento de las comunidades rurales, con negativas consecuencias en la calidad de vida de sus habitantes. Esto también aplica para otras actividades económicas, como el turismo, considerado uno de los ejes de desarrollo económico de la nueva región. 

De igual forma, las limitaciones de acceso a agua potable y a servicios sanitarios representa un obstáculo insuperable si se pretende entrar al negocio de la elaboración de alimentos o al turismo, lo que acrecienta aún más las desigualdades entre los habitantes de zonas rurales versus urbanas, lo que resulta paradójico si se considera que los mayores atractivos turísticos y el grueso de la producción agropecuaria se concentra precisamente en las zonas rurales.

Esta desigualdad ha perpetuado las tradiciones en los campos de Ñuble, pero también la pobreza y el aislamiento, lo que ha tenido como principales consecuencias la progresiva migración de sus habitantes hacia las ciudades -con lo que las comunidades rurales además de despoblarse, se están envejeciendo-, y la reducción de las hectáreas de cultivos agrícolas, muchas de ellas hoy convertidas en plantaciones forestales. 

Las cifras consignadas en el último censo que publicó el Instituto Nacional de Estadística (INE) a fines del año pasado revelan precisamente que Ñuble cuenta con peores tasas de natalidad y mortalidad que otras regiones y con varias comunas donde muere más gente de la que nace, de modo que están decreciendo poblacionalmente. 

Frente a estas brechas, las nuevas autoridades tienen el deber de avanzar en planes de mejoramiento de la calidad de vida rural, no solo focalizando sus esfuerzos en las poblaciones urbanas, donde existe mayor concentración de habitantes, y por tanto, de votantes. Recién ahora se están desplegando algunos esfuerzos, como el programa Zona de Rezago en el Valle del Itata, que ojalá tenga continuidad en la nueva administración. 

Nuestra nueva condición de región conlleva un desafío emblemático, que es orientar buena parte de los recursos y la atención hacia las necesidades del mundo rural, que por años han sido postergadas debido, en gran medida, al centralismo que ejerce Chillán. 

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