El “Chino”, Chile y Chillán

Por: Ziley Mora 2018-11-26

Ziley Mora
html head title/title style type="text/css" /style /head body phtml head title/title /head body/body /html/p /body /html

En medio de tantas muertes y desgracias políticas de esta semana, hace unos días apareció en Chillán un hombre que varias veces fue condenado a muerte y varias se levantó de la tumba, apelando a sus recursos interiores de conciencia de la divinidad interna. Y desde el escenario del Teatro Municipal partió cantando como la cigarra: “Tantas veces me borraron/ tantas desaparecí/ a mi propio entierro fui/ sola y llorando/ Hice un nudo del pañuelo pero me olvidé después/ que no era la única vez / y seguí cantando…” 
Jorge “Chino” Navarrete, nos entregó una clave olvidada y a tiempo, para no seguir destruyendo el tejido social de nuestro país: poner el amor en el centro de nuestro día a día ciudadano. En vez de juzgar públicamente, comprender en silencio al otro; en vez de lanzarle con rabia una grosería, calmarlo, porque aunque exaltado por un atropello real o supuesto, lo único que esa persona necesita es la acogida serena del afecto.

En vez de lanzarle una maldición pública por las redes sociales, darle una “buena palabra”, un zungun con newen, una palabra con la energía del amor, que a la corta o la larga obrará milagros. Se trate de un izquierdista o de un derechista, de fachos o de comunistas, de mapuches o de carabineros. Cuando alguien busca solo sacarse la rabia o señalar culpables, o quiere pelear a toda costa o agitar aguas, muchas veces lo mejor es guardar silencio. Después, si se precisa, acercársele humildemente, pero no en ese momento, y perdonar la palabrota, aunque uno fuese el ofendido. Y si no se puede en directo, después, y hacerlo en el silencio del corazón: el universo solo ordenará en su justa dimensión las cosas. Y nos devolverá lo que nos merecemos, recibiendo el precio de nuestras costumbres y actos. Dependiendo de la causa será el efecto, tarde o temprano. Aparte de transformar ese estado de agravio o de insulto en un chiste, tal como el Chino nos demostró ese día, una clave del amor es no identificarse con el insulto, respirar, tomar conciencia de sí y pasar por pasivo o incluso por “cobarde”, pero confiar en la único real: la divinidad que está dentro de nosotros. “Todos somos uno, yo soy tú y tú eres yo, nadie está separado de nadie”, nos repetía Jorge esa noche.

Tal conciencia deberá hacerse cargo de ese estado de emergencia, con mayor razón si vemos al otro desesperado o desbordado por sus emociones. Y si es así, el llamado es a vigilar y manejar las mías para que no me contagien. “El rubí aunque cubierto por el barro, éste no lo mancha y sigue siendo rubí”, dijo al inicio nuestro sabio Chino, que cada día más desde su humor lúcido y espiritual se parece al chino más trascendente de todos los tiempos: Confucio.

 Y el nuestro, el Chino en Chillán, nos entregó el gran secreto del sabio: cambiarle el signo a las energías, convertir la desgracia o el enojo en algo lúdico, tal como él hiciera en ese campamento de prisioneros donde hace 45 años no sabía si ese día lo iban a matar. Porque cuando uno relativiza su “drama”, le quita el piso a la seriedad del escenario de este mundo y uno mismo se toma el pelo y se ríe, pasa que también contagia a su entorno, y hasta a sus severos verdugos se los gana como cómplices del buen humor. La misma estrategia la desarrolla cuando hace cuatro años, su médico, después de comprobar metástasis en todos sus órganos, le preguntó: “-¿Qué signo eres tú? -“Piscis”; -Ah bien, pues desde ahora serás Cáncer…”

¿Una cultura de la conciencia y del amor desde Chillán? Propuso a Ñuble como el espacio de la cultura superior, su capital, que llene las volcánicas venas del alma de Chile. Y además el texto de un letrero, allá,  a la entrada por la Ruta 5: “Bienvenidos: aquí vive gente orgullosa de la felicidad que irradian sus almas”. 

Comentarios