La dulce patria que no es el país ni el Estado

Por: Ziley Mora 2018-09-20
Ziley Mora
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Hay dos patrias, la afectiva familiar -la tierra de los ancestros- y la colectiva jurídica, el “país”, donde se asientan y conviven un conjunto diverso de familias, pueblos, naciones.

La patria de cada uno es el tuwün mapuche, el heimat o “terruño” de los alemanes. Casi se asimila al nicho ecológico, al suelo donde se asientan las primeras experiencias. Esta fuerte vivencia fundante de los “padres”, es tan marcante que permanece en el alma aunque a una familia se la haya arrebatado la patria  hace generaciones. En verdad, la patria es la epigenética cultural que persiste y se cultiva más allá del suelo, pero  que una vez nació de la eco-biología original de donde se alimentaron los ancestros. A veces, como es el caso de las familias migrantes, si no se cultiva “lo propio” a través de la lengua materna, de las comidas, de la religión nativa, del folclore, las personas se asimilan al acervo de las patrias locales donde permanecen y en donde nacen y crecen sus hijos. Y esa nueva realidad se transforma en “dulce patria”, cuando el entramado de vínculos culturales o epigenético es tal, que la persona hasta hace juramento o votos por ella. Al final, en ellos hay legítimamente dos patrias, una física -el origen de los genes- y una espiritual o cultural, el conjunto de vínculos, relaciones, símbolos, valores que uno defiende, adscribe y hasta muere por ellos. Producto del convivir y compartir un suelo cultural, la patria es un lenguaje y una gramática de la realidad, la que nos hace ver y sentir el mundo de una determinada manera. Sin ir más lejos, nosotros los chilenos, en cuanto mestizos tenemos dos patrias superpuestas: el wallmapu original -el antiguo Chillimapu mapuche, de donde “migramos”- y el Chile andino-incaico-republicano-occidental.

Los países en cambio, son aglomeraciones espaciales circunstanciales de personas cuya identidad “es una conveniente construcción cultural, una ensoñación fraguada por ciertos políticos, militares o poetas o elaborada convenientemente por la elite que captura el Estado, cuya arqueología puede rastrearse y someterse a crítica.”(Gandolfo) Aceptemos pues, que nuestros países existen, pero no consisten, porque sus convenidos límites espaciales son un fluido histórico, una secuencia precaria de avatares político-sociales. Al constituirnos como Estado -inicios del siglo XIX- regía la ideología nacionalista según la cual a cada Estado le correspondía una nación, entendida ésta como una entidad espiritual, dotada de una identidad o alma colectiva única, prolongándose en el tiempo, supuestamente compartido por  generaciones pasadas, presentes y futuras. Esta conjetura es de dudosa racionalidad, pues en Chile siempre han coexistido muchos Chiles, varias naciones o pueblos originarios, más allá de que hoy toda la población devenga en  mestiza y bastante homogénea, aunque no quiera reconocerlo. Al punto que dentro de ella hay ciertas elites que se creen “naciones apartes”, castas europeizantes no procedentes del barro originario. Al momento de conformarse nuestra república como país, en nuestra misma Región de Ñuble era la patria no solo de españoles y criollos, sino que coexistían naciones originarias diversas aunque emparentadas: los chiquillanes, pewenches, moluches, puelches, etc. En definitiva, la patria no es un lugar ni un conjunto de genes, sino que un viaje de regreso al hogar, con compañeros de viaje, con una dotación de símbolos, de banderas y colores, lenguajes que uno decide elegir y conservar, los que al profundizarlos y trascenderlos, nos ayudan a regresar a la esencia constitutiva de nuestro ser, a la Dulce Patria Divina.

Esa es la Patria que recibe nuestros votos. La de aquí abajo es solo símbolo de aquella.

Circunstancialmente Chile es lo que vemos en el mapa, pero hacia mediados del siglo XIX era mucho más “gordo”, pues poseímos la Patagonia argentina. Y antes, en la colonia, incluía Tucumán y Mendoza.

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