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Los héroes anónimos de Ñuble en medio de la crisis sanitaria

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Los últimos tres meses han estado marcados por la pandemia provocada por el Covid-19, cuya crisis ha transformado la vida y actividades del día a día, y donde también han relucido los actos de bondad y colaboración permitiendo sobrellevar estos tiempos de dificultades.

Uno de los gestos solidarios estuvo protagonizado por una pareja de emprendedores chillanejos, Ana Suárez y Alonso Órdenes, quienes al principio de la emergencia sanitaria, en el mes de marzo, elaboraron 1.500 escudos faciales para repartirlos entre el Hospital Herminda Martín, el Hospital de San Carlos, los Cesfam de Chillán y a profesionales de salud en la ciudad de Concepción.

Los jóvenes, ambos de 28 años, trabajan desde hace cuatro años en su pyme denominada “Aurografic”, dedicada a crear material de publicidad, estampados, fotografía, productos personalizados, decoraciones e impresiones 3D.

Ana recuerda que el rápido avance del coronavirus en el mundo los motivó a buscar una manera de aportar en la lucha contra la enfermedad.

“Alonso investigó mucho en el tema de la impresión 3D y qué podíamos hacer, y como teníamos las máquinas y algunos filamentos las empezamos a hacer. El filamento es la visera del escudo facial, entonces, si podíamos hacerlo, ¿por qué no ayudar? Y de ahí empezamos a buscar colaboraciones y tuvimos muy buena aceptación porque nos ayudaron mucho”, relata.

Contactaron a sus antiguos y nuevos clientes, a quienes pidieron colaboración para la compra de materiales para confeccionar el elemento de protección que evita la salpicadura de saliva, fluidos y estornudos, por lo que es un insumo importante para evitar contagios por Covid.

“Pedíamos el costo de la fabricación del escudo, para poder comprar los insumos y así poder donar los 1.500 escudos faciales”, dice Ana, agregando que incluso personal de enfermería aportó dinero para lograr la elaboración.

La propietaria de Aurografic señala que la elaboración de la visera para la careta facial demora 40 minutos, por lo que entregaron todo su tiempo, tanto en el día como en la noche, para lograr el importante donativo.

“No nos demoramos tanto porque teníamos hartas máquinas, teníamos cuatro impresoras, pero fueron semanas en la que nos dedicamos 24/7, todo el día y la noche. Trabajamos primero en las impresoras, para luego armar y para eso usamos guantes, mascarillas, todo estaba desinfectado y aún seguimos trabajando así”, manifiesta.

Tras realizar la entrega de los escudos faciales, los emprendedores continúan con la confección del insumo de protección personal, pero esta vez para la venta. “El Servicio de Salud se comunicó con nosotros en abril y nos hicieron una compra grande de 1.000 escudos faciales para el hospital”, señala Ana.

Brecha digital

Las actividades académicas están suspendidas desde el inicio de la crisis sanitaria, por lo que los establecimientos educacionales adecuaron sus herramientas para que el aprendizaje en los alumnos no se viera alterado, optando por clases virtuales, envío de guías y materiales por internet.

Pero la realidad es otra en las escuelas de sectores rurales en Ñuble, donde el problema de conectividad digital impide las clases vía online. Ejemplo de ello, es la comuna de San Carlos, donde, de acuerdo al Daem, el 70% de sus establecimientos se encuentran en zonas rurales.

En la Escuela Tres Esquinas, ubicada en el camino a San Fabián, a 18 kilómetros del radio urbano de la capital provincial de Punilla, los docentes elaboran carpetas personalizadas, textos escolares y material pedagógico que son entregados cada 15 días a los estudiantes, directamente en sus domicilios, junto con las bolsas de alimentación del programa Junaeb.

“Desde marzo estamos trabajando con un sistema de impresión de material de estudio, porque en los sectores rurales generalmente no hay acceso a internet de forma eficiente y muchos de nuestros apoderados no cuentan con los implementos tecnológicos. Hay una brecha gigante entre la ruralidad y las escuelas urbanas”, destaca Patricia Córdova, docente y jefa de la Unidad Técnica y Pedagógica del establecimiento multigrado, que tiene una matrícula de 32 alumnos.

Además del material de estudio, los escolares reciben un horario de trabajo para establecer hábitos de estudio en sus hogares.

“Hace poquito entregamos una especie de diario guía para que vayan anotando sus registros y emociones. Es para evaluar cómo están cambiando los hábitos de los estudiantes y si este contexto de cierre les ha generado algún estrés o si ha reflejado diferencias en su comportamiento”, añade.

Revela que al hacer la entrega de las carpetas a los alumnos, estos desde sus ventanas manifiestan emoción al ver a las docentes. “Cuando entregamos el material no tenemos acceso a conversar con los niños, pero ellos se asoman por la ventana y tratamos de preguntarles cómo están y siempre están felices, manifiestan su deseo de volver luego a la escuela”, dice.

También buscan la manera de conectarse con los apoderados, ya sea a través de llamadas telefónicas o mensajería vía WhatsApp.

“Generalmente los apoderados tienen comunicación con los profesores. Tenemos un día donde recepcionamos guías, en el caso de que los apoderados no puedan comunicarse con nosotros porque muchos nos envían fotos, y hacemos una retroalimentación de forma quincenal para constatar que los niños estén aprendiendo y no sea tiempo ni material perdido”, destaca.

Patricia resalta que los docentes están en una permanente búsqueda de estrategias para que la diferencia tecnológica no se note tanto, y garantizando la formación educativa de los alumnos.

“Al principio fue difícil para todos, pues las mamás se encontraron con un escenario distinto al que están acostumbrados, por tanto, ha sido una experiencia de error y aprendizaje, adecuando el material para que sea más amigable con las familias, pues no todos los apoderados tienen un bagaje cultural grande. Hay muchos que no terminaron sus estudios, entonces es complejo el escenario en ese sentido”, subraya.

“Sabemos que todos nuestros apoderados tienen un celular pero saben ocupar las funciones básicas, entonces cuando requerimos cosas más complejas se les dificulta, por ejemplo hacer clases virtuales, porque no cuentan con internet, pues solo tienen acceso a redes sociales y tampoco saben instalar otros programas, por eso tratamos de que el material que llega a la casa, con el set del Mineduc, que se llama Aprendo en Casa, complementamos”, añade la docente.

Asegura que en medio de la actual pandemia, los docentes tienen la obligación y “más allá es un sentimiento” de apoyar a las familias porque hay que cortar la brecha de la conectividad digital.

Más allá de lo escolar

En medio de la pandemia, los profesores de Escuela Niblinto en Coihueco están conscientes de las dificultades que tienen sus alumnos para continuar su proceso educativo debido a que muchos de ellos no cuentan con conexión a internet, porque viven en sectores apartados sin señal o simplemente porque los recursos no alcanzan.

Por esta razón, cerca de 26 funcionarios del establecimiento, que cuenta con una matrícula de 100 estudiantes, se han trasladado a los diferentes rincones de la localidad para llevar hasta sus casas no solo el material educativo, sino también un aporte que permita satisfacer otras necesidades.

Liliana Cortés, quien es encargada de la Unidad Técnico Pedagógica, cuenta que la ayuda impulsada por la directora Soledad Quiñones y el equipo, trasciende lo escolar, ya que la condición social de las familias ha sido otro foco de preocupación de la escuela.

“Hay muchas personas que viven en sectores apartados y no tienen locomoción, entonces, como escuela se decidió ir a dejar y retirar las guías en las casas. Fue una iniciativa de los profesores con sus propios vehículos y medios, porque hay lugares bien apartados de la escuela. Son alumnos muy vulnerables, no todos tienen acceso a internet. Han existido muchos problemas económicos, entonces, surgió la idea de la misma escuela de hacer canastas familiares y entregas en dinero. Entre los colegas, que somos 26, entregamos en realidad un pequeño sueldo a los más necesitados”, sostiene.

En circunstancias de la crisis sanitaria, Liliana cuenta que el apoyo en estos momentos ha sido fundamental, ya que muchos apoderados son temporeros y con serios problemas económicos.

“Como iniciativa hicimos nuestras propias canastas de alimentos, porque hay muchos apoderados que han quedado sin trabajo, no tienen recursos y hay mamitas que nos han manifestado que los niños no han comido en dos o tres días. Hace dos semanas hemos entregado 14 cajas, se les da de todo, útiles de aseo y comida para apoyar de la mejor forma”, detalla.

Colaciones

Hace dos semanas el ingeniero en Prevención de Riesgos, Pablo Rodríguez, junto a amigos y familiares decidieron ayudar a sus vecinos de la población El Esfuerzo y a quienes viven en situación de abandono y pobreza.

Son ocho chillanejos quienes en forma desinteresada y con sus propios medios, se han organizado para cocinar, preparar y repartir las colaciones en diferentes puntos de la ciudad, donde está presente la necesidad de una mano solidaria.

“Hay gente que no tiene cómo defenderse, entonces, nosotros prácticamente hacemos un puerta a puerta para llegar a ellos. Recabamos información y preguntamos a los vecinos, si conocen a alguien que necesite ayuda y así vamos trabajando”, expresa.

Los días lunes, miércoles y viernes entregan los 100 almuerzos que alcanzan a preparar en base a “vaquitas” y donaciones, mientras que el martes y jueves se reúnen para organizar el menú y la logística.

“Nos enfocamos en personas en situación de calle y en quienes tienen más necesidad. Por ejemplo, entregamos cerca de 50 raciones, atrás de El Saque, donde prácticamente hay una toma de terreno. Vamos también a entregar a una familia de haitianos de El Tejar y recorremos el centro, entregamos a la gente que vive en carpas de la plaza San Francisco y al mismo “tatita” que está fuera de la iglesia y también en los edificios de Rosas, donde hay 14 personas”, detalla.

Texto: María Antonieta Meleán|Susana Núñez

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