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La secreta misión espiritual de Chile

A pesar de tanto contemporáneo absurdo y extravío, Chile tiene su misterio, ya desde su nombre, que en la Colonia era el de “Reino de Chile”. Si todo lo que es, es con anterioridad su propio prototipo, nosotros disponemos –ya las hemos reunido en un libro- de las trazas de la misión espiritual o daimon de Chile.

Se tratarían de indicios, de residuos de una gran idea sembrada remotamente desde el Cielo, acaso «espolvoreada» apresuradamente, como si se tratase de unas incómodas pepitas de oro a esconder detrás de unas altas montañas, cual si fueran los restos áureos de una vieja sabiduría naufragada en los albores de la mar Pacífico. Pálpito nuestro nada nuevo en todo caso, porque ya lo había presentido otro amante cabal de Chile, el Abate Molina, a mediados del 1700: «…parece que la nación chilena haya sido en otro tiempo más culta de lo que es al presente, o a lo menos que ella sea un residuo de algún gran pueblo espiritual, el cual debió caer por alguna de aquellas revoluciones físicas o morales, a las cuales está también sujeto nuestro globo…»

Pero quizá la más notable intuición extranjera de lo que sería la misión espiritual de Chile se lo debemos al eminente y gran historiador, el inglés Arnold Toynbee a través de su entrevistador, el escritor rumano Vintilia Horia y que éste daría a la prensa el precioso dato en una ya lejana visita a Chile (1988).

Ese encuentro ocurre en Londres, y data de la década del 1960. En la fecha ya era el más destacado especialista mundial en asuntos internacionales. Resulta ser una muy extraña y poco ortodoxa opinión de Toynbee, tomando en cuenta el gran rigor académico de este especialista en historiografía de la London School of Economics y la Universidad de Londres. Se trata de una desconcertante mención del destino Chile, que en esa época –anterior a Allende, Neruda y Pinochet– nunca llegaba a ser noticia ni siquiera relevante en los medios sudamericanos.

Por eso Horia queda perplejo; tanto le provoca que por eso visita Chile en 1988. Un destino futuro, el de una pequeña nación marginal, que ni el más afiebrado vidente de la época habría apostado nada, pero sí lo hace –y de qué arriesgado modo– este tan conocido autor del libro «Estudio de la historia», compuesto de 12 volúmenes (1934-1961). Así lo contó a El Mercurio aquel año:

«Cuáles son para usted los países del futuro? Y curiosamente entre los más que me responde figura Chile. No me dice por qué. Se trata de una entrevista del año 1969.

En el año 69 él me dijo que Canadá, otro país que no recuerdo ahora, posiblemente Japón o China, y Chile son los países del futuro. ¿Por qué me dijo Chile? No lo entiendo, pero Chile forma parte de esta posibilidad de salvación de la humanidad, según el filósofo de la historia más importante de nuestro siglo. Cuáles eran sus razones para nombrar a Chile y no a Argentina o México o Perú, eso es un misterio».

Y misterio será hasta que se cumpla de un modo que aún nadie sabe exactamente cómo, pero que se intuye, hasta que todos vean que «Chile forma parte de esta posibilidad de salvación de la humanidad».

La gran profecía de Toynbee, acaso la más delirante que haya hecho nadie y menos desde la culta y arrogante Europa, recibe un eco retardado en otro intelectual europeo, esta vez de André Frossard, un ya difunto intelectual francés, quien proyecta un poco de mayor especificidad por dónde sería la «bajada» de esa misma posibilidad de salvación de la humanidad que representaríamos para el mundo futuro.

Sin conocernos, al igual que Toynbee, sin saber nada de nuestra tradición ancestral, en muy pocos días de su visita hace 37 años se dio cuenta de que el espacio geográfico de Chile no podía ser al azar en los propósitos de la Creación.

También el eximio miembro de la Academia Francesa pudo ver las ocultas correspondencias entre lo infinito del paisaje y sospechar abismos de Cielo infinito, también al interior del paisaje humano de ciertos chilenos: «Chile es un país en el cual hay más Cielo que en ninguna parte…

Yo espero que Chile nos dé un día noticias del Cielo si se consagra a ello en profundidad…”

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