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La razón económica de una crisis que no para

Entender los fenómenos sociales, es una tarea compleja y propia del campo de la sociología. Sin embargo, constatar la evidencia de que al 80% de los chilenos y chilenas se les agotó la paciencia, no requiere de un análisis muy riguroso.

La política social en Chile, por muchos años, cerró filas en torno al crecimiento económico y la reducción de la pobreza. Cualquier otra demanda debía esperar a “mejores condiciones de la economía” para ser evaluadas.

La desigualdad en el ingreso –además del abuso y discriminación de los grupos de influencia– fue uno de los detonantes del estallido social en octubre de 2019. La población perdió la confianza en que la institucionalidad cumpliría su promesa de una mejor distribución de la riqueza. Según datos del SII, la bonanza del período 2005–2011 mantuvo constante en torno al 9% la participación del trabajo en la generación de riqueza (con excepción del 2008 donde el costo lo absorben los trabajadores con una fuerte caída en la participación). En el período 2012-2018, dicha participación sube de nivel, pero durante dicho período se mantiene relativamente estable con leves variaciones en torno al 10%.

Sin embargo, en el cambio de nivel y posterior comportamiento de la participación del trabajo en el ingreso por ventas de las empresas, generadas por las movilizaciones del año 2011, quedan meridianamente claras dos cosas: 1) La movilización social en la calle muestra ser efectiva para mejorar la distribución del ingreso y 2) Terminada la movilización, durante los 7 años siguientes, el sistema económico no muestra nuevos avances a partir del logro alcanzado.

Fue así como la manifestación de octubre del 2019, tuvo dos características que la diferenciaron de las manifestaciones anteriores de los últimos 20 años en Chile. La primera, fue salir a las calles en forma masiva aprovechando el descontento social que se había acumulado por decenas de años de inequidad (además de otros factores que no se abordan en el presente texto) y segundo, mantener un ambiente de agitación permanente para obligar a los grupos de influencia a mantener su atención en mejorar sustantivamente la distribución del ingreso del país.

La población de hoy día ha adquirido un mayor estado de impaciencia que lo ocurrido con años anteriores. La mayoría ha dejado de pensar en el sueño de un Chile mejor para las futuras generaciones. Las personas quieren disfrutar de una mejor calidad de vida, en vida. Esto significa que: los pensionados quieren disfrutar de su ahorro previsional hoy, no mañana; los desempleados quieren trabajo hoy, no mañana; los empresarios quieren que resuelvan las imperfecciones de mercado hoy, no mañana. En resumen, el 80% de las personas exigen soluciones hoy, no mañana.

Mientras esto ocurre, el 10% de la población más pobre se beneficia de la política fiscal, producto de un Estado en que la circunstancia le ha obligado a mostrar una mayor sensibilidad social, y el 10% más rico, se toma vacaciones y adquiere el rol de observador, con la esperanza que, a partir de marzo, la ciudadanía en forma mayoritaria se canse de la movilización social y de los daños colaterales que genera por la violencia de grupos que privilegian sus intereses en plena crisis social.

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