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La mediocridad de la política

Revisando unos textos de Gabriela Mistral me encontré con una observación que ella hizo hace casi cien años, y que en mi parecer sigue resonando.

Mistral advertía en ese entonces que en múltiples áreas del actuar social “los oficios y las profesiones” estaban siendo descuidadamente llevadas a cabo, y es que en la ejecución de ellas se notaba negligencia, poca prolijidad, escaso cuidado y nulo esmero, todo lo cual explicaba la razón de muchos de los problemas que se estaban viviendo. “Político mediocre, educador mediocre, médico mediocre, artesano mediocre, esas son nuestras calamidades verdaderas”, afirmaba la poeta. Nadie podrá contraargumentar que la situación mejoró.

¿No deberíamos avergonzarnos al constatar que luego de un siglo, la mediocridad sigue vigente en una vasta extensión de nuestro quehacer? No resulta difícil pensar que algunos ni siquiera son conscientes de esta circunstancia y que en general, pareciera haber un amplio conformismo con producir y recibir acciones mediocres. Por lo pronto, me atrevería a pensar que la actividad que en la actualidad parece cultivarse una excesiva mediocridad, sigue siendo la primera que enumeró nuestro premio Nobel: la actividad política. Para confirmarlo bastaría examinar por ejemplo, la calidad legislativa o el respeto y la aplicación de la ley; o examinar la ética profesional con que actúan los políticos; o evaluar lo que hoy vive el Consejo para la Transparencia, organismo que en Chile cautela por el fortalecimiento de la democracia a través de una gestión transparente de la información en las instituciones públicas y que en estos momentos está enfrentando una situación de descomposición y turbiedad en su más alta dirección. En muchos de estos casos podremos advertir que la mediocridad se ha convertido algo normal. Si lo vemos desde otro ángulo, podríamos afirmar que la prolijidad, la rectitud, o el hacer bien hecho, son valores y criterios de acción observables en tan escasas excepciones, que en la práctica parecieran no existir en el ejercicio de la política. ¿Se darán cuenta los líderes políticos que con su actuar se faltan el respeto a sí mismos, y por cierto, que de esa forma expresan su menosprecio, indiferencia y desdén por la ciudadanía?

A propósito de esta constatación, resulta necesario que la mayoría de los actores de la política se propongan un firme y consistente cambio de actitud. Es conveniente que asuman una actitud que los mueva, verdaderamente, a hacer las cosas con rectitud y prolijidad. Y es posible que si se lo proponen genuinamente, logren la evolución requerida, porque como bien expresó Viktor Frankl, si bien muchas veces no podemos elegir nuestras circunstancias, sí en cambio, siempre podemos elegir la actitud con la que podemos hacer las cosas.

No está demás advertir que nos encontramos en un contexto de creciente incertidumbre, en que la ciudadanía tiene que enfrentar enormes y exigentes desafíos, por lo que no es difícil comprender que la mediocridad política levanta un enorme muro que impide percibir las luces de esperanza que hoy son imprescindibles de imaginar en pro del bien común. 

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