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Inteligencia como mecanismo de gestión pública

¿Qué es la inteligencia? Cuesta encontrar en la literatura una definición acertada. En muchas se observa una tendencia a definirla como una capacidad o dotación que se dispone para comprender y/o resolver problemas.

En nombre de la inteligencia, la historia de la humanidad ha cometido sus mayores atrocidades. Pero no solo eso, en el principio de la meritocracia, los elegidos para gobernar un país pertenecen a una elite de personas “inteligentes”, que tienen la capacidad para definir el destino de una mayoría, sino tonta, al menos de muy bajo nivel de coeficiente intelectual.

Es usual encontrar en la bibliografía, una corriente de crítica hacia la inteligencia. Entre las mayores críticas se asocian a la arrogancia que subyace en quienes se sienten poseedores de la verdad, al anteponer la razón por sobre los sentimientos; a la brutal discriminación que supone la búsqueda de la perfección; a la tediosa pausa que subyace sobre el querer hacer mejor las cosas y a la inacción que produce el tener la conciencia de no saberlo todo.

En resumen, el ser humano mide y juzga la inteligencia como un atributo o una dotación. En esta lógica, la medida de inteligencia contribuye al distanciamiento social entre los que son poseedores de la mayor dotación y de quienes tienen carencia de este vital elemento de diferenciación entre el éxito o el fracaso de una sociedad.

Sin embargo, las leyes de la naturaleza y los resultados de los actos de personas “inteligentes”, se muestran incongruentes con la lógica de asociarla como una dotación en los seres vivos. En los datos, la inteligencia se asemeja mejor al comportamiento de una variable de flujo.

Consideremos la inteligencia como la acción que acometen los seres vivos para adaptarse a los distintos estados de la naturaleza. Bajo esta lógica, todos los seres vivos que habitan el planeta, sin excepción, tienen una inteligencia extraordinaria, no solo porque han tenido la capacidad de evolucionar para adaptarse a los sucesivos cambios climáticos que ha experimentado el planeta, sino que, además, están en franco proceso de cambio para adaptarse a la vorágine de las nuevas condiciones que le ha impuesto el quehacer de la humanidad.

Desde esta perspectiva entonces, ¿la inteligencia se manifiesta en lo que hacemos, no en lo que somos? Efectivamente, una planta que habita el desierto, por ejemplo, puede llegar a ser más inteligente que un premio nobel. ¿La razón? A diferencia de los seres vivos de la naturaleza, el ser humano tiene la capacidad de racionalizar la inteligencia. Es decir, tiene la capacidad en forma consciente o inconsciente de regular su flujo. Mientras que, en los seres vivos de la naturaleza, el flujo de inteligencia es ininterrumpido y constante, en los seres humanos, al igual que el clima, dicho flujo cambia permanentemente.

La historia de Chile muestra algunos brillos que genera el flujo de inteligencia. Una mayor frecuencia en la ocurrencia de este -en palabras del Senador Felipe Harboe- se logra cuando los liderazgos se basan en abrir espacios para discutir sobre formas de convivencia, de dignidad, de desarrollo y de relacionamiento de las personas y no sólo sobre el poder, los privilegios o los cargos.

Hoy, más que nunca, necesitamos el flujo de inteligencia como mecanismo de gestión pública.

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