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“Me dolió el no haber resuelto el caso de los profesores de Tres Esquinas”

28-2

Pese a que era su último día en esa oficina donde guardó tantos secretos y en los que analizó los misterios más sórdidos de la provincia, José Luis Becerra andaba a full el viernes pasado.
“Tengo la agenda llena”, dijo,  como revelando algo insólito, ya que tras 32 años en la PDI esa era su última jornada antes de acogerse a retiro.
El reloj de su computador marcó las 13 horas y afuera, en el hall donde están instalados los módulos del resto de la Brigada de Homicidios, no se oía ruido alguno. Mientras que para muchos era hora de irse a colación, para “el jefe”, como le decían hasta en las otras brigadas, sencillamente era la hora de irse.
“¡Chuta! ¿Y por qué no hay nadie aquí?”, reclamó (con algunos chilenismos que obviaremos), creyéndose solo al salir de su oficina y ver todos esos escritorios vacíos.
Pero al abandonar las dependencias de su brigada se encontró con todo su equipo esperándolo en el pasillo. Y como si se tratase del infame “callejón oscuro”, lo hicieron pasar recibiendo, en vez de patadas como recomiendan los niños, aplausos y abrazos.
Emocionado al máximo sólo atinó en sonreír  y enrojeció sin remedio. Al seguir su camino, vio cómo los funcionarios de la Brisexme aparecieron desde los umbrales de sus oficinas y siguieron con la orquesta de aplausos y el festival de abrazos. Segundos después aparecieron los integrantes de la Bicrim, luego -conforme avanzaba- los de la Bridec y hasta el personal de aseo se formó en el pasillo humano, engrosando más y más esa caravana que lo acompañó hasta el hall de acceso del cuartel central, donde se sumó el personal de guardia y el de Extranjería a esta “marcha triunfal” para seguirlo hasta afuera, donde con un ramo de flores, lo esperaba su esposa.
“Señora, aquí le dejamos a su marido, después de tenerlo con nosotros 32 años intensos y de arduo trabajo, se lo dejamos en sus manos, esta vez para usted solita”, le dijo Mauro Gutiérrez, jefe de turno de la BH, coronando de esa manera una despedida como sólo un par de elegidos puede contar.
A esas alturas, nuestra entrevista ya había terminado, pero no fue necesario preguntarle por las emociones que le generó ese momento. Sus ojos tenían una respuesta imposible de poner en palabras, ni por titanes de la prosa de la talla de Oscar Wilde.
Fue un 22 de mayo de 2002
-¿En qué otras ciudades trabajó?
-Yo ingresé el año 81 a la Escuela, éramos la segunda promoción que tenía una instrucción de tres años. Fui la tercera mejor nota de mi promoción y eso me permitió elegir dónde trabajar, y elegí Policía Internacional, porque siempre me atrajo el trabajar en fronteras. Me destinaron al Aeropuerto Internacional, luego me fui al Paso Los Libertadores, donde estuve siete años.
-Imagino que las anécdotas son muchas...
-Claro. Desde la Escuela incluso, porque los alumnos que estaban un año antes que nosotros también ingresaron a un sistema que supuestamente duraba dos años, pero a ellos les dijeron en diciembre, “muchachos, ustedes no se van para la casa, se van a tener que quedar un año más”, lo que fue terrible para ellos. Y en el Paso Los Libertadores ocurrió algo que realmente me marcó. Nosotros trabajábamos 30 días arriba y 30 días en la oficina en Santiago. Un día en que me tocó estar en oficina hubo un alud enorme en la frontera, en 1984,  y muchas rocas, nieve y otras cosas cayeron sobre el complejo chileno, que siempre fue cuestionado por su ubicación. Allí estaban las cabañas de la gente del SAG, de la PDI, de Carabineros y del Ejército y pasado las 8 de la noche, todos ellos ya estaban en sus cabañas, cenando o compartiendo. Este alud fue tan violento que arrasó con todo. Sólo un auxiliar de origen italiano y un funcionario de Aduanas se salvaron. El resto murieron todos y tuvimos que ir a rescatar sus cuerpos. Fue particularmente doloroso cuando hallamos a un colega nuestro con un dominó en una de sus manos y a otro con un uslero. Es decir, estaban jugando y haciendo pan y ni se dieron cuenta de lo que iba a pasar.
-¿Cuándo llegó a Chillán?
-Estuve luego en Arica, frontera con Chacalluta. Ahí disfruté mucho, porque me encanta la salsa, me encanta bailarla y allá además hay mucho colega peruano que me ponían malas cara cuando sacaba a las mujeres peruanas a bailar el vals peruano, que también bailo muy bien, pero para ellos es muy íntimo y no les gusta que de otros países lo hagan. Luego por razones de salud de mi esposa, nos devolvimos a Santiago, donde estuve a cargo de la Bicrim. Después falleció mi suegra, que es de San Carlos, y tras exponer mi caso a la jefatura no tuvieron problemas en destinarme a Chillán, donde también quedé a cargo de la Bicrim.
-¿Cuándo se hizo cargo de Homicidios?
-Fue el 22 de mayo de 2002. El prefecto que había en ese entonces era Jorge Zambrano, con mucha experiencia en homicidios, que no estaba muy conforme con los resultados que estaba teniendo la brigada. Él me ofreció la jefatura y me dio la posibilidad de elegir a mi personal. Hicimos una reestructuración completa y sólo quedó un asistente policial, que es el único que junto a mí se ha mantenido en esta brigada: Joel López. Pero éramos cinco en total y muy jefe habré sido, pero tenía que ir a los procedimientos con ellos y tomar apuntes, sacar fotografías y hacer los croquis, porque en ese tiempo no teníamos laboratorio.
-¿Cuál fue su primer homicidio?
-Increíblemente, el mismo día que asumimos. Estábamos en un curso de oratoria en Inacap cuando ‘Joe’ (López) nos llama para decirnos que había un homicidio en el sector de Quilmo. Pensé que era una broma, pero resultó cierto y era una persona que había recibido un escopetazo. Escuchamos que un hombre pasó a una casa a cambiarse de ropa y que estaba comentando que se quería ir. Cuando llegamos a la casa nos abrió una mujer que nos dijo que ahí no había nadie y que no podíamos pasar. Pero la Paz Lucsic, que trabajaba en la BH y que no tenía pelos en la lengua, le dijo: “¡cómo que no se puede pasar!”, y entró soplada. Ahí estaba el tipo escondido, listo para arrancarse.
-¿Recuerda alguno difícil de solucionar?
-Cuando aún estaba trabajando en la Bicrim, recuerdo que llegó un hombre a poner una denuncia por presunta desgracia por su esposa de 30 años y que trabajaba como inspectora en una línea de buses. No pudimos encontrarla jamás, así que cuando llegamos a la BH, decidí seguir investigarlo, porque el marido confesó que eran separados y que ella tenía un amante, del que desconfiaba, porque era casado y supo que la relación era tormentosa.  Lo entrevistamos y se mostró muy frío al respecto. Pero fue en 2003 cuando vino una persona que nos contó que en un restorán de San Nicolás, escuchó que desde una pieza contigua alguien amenazaba a otra con delatarlo y que sabía dónde había enterrado a una mujer.  Sin saber que nosotros teníamos este caso, nos vino a decir porque el comentario le pareció sospechoso. Así supimos  que en el sector Lajuelas vivía el papá de este amante, en un campo que tenía a lo menos 10 pozos. Buscamos en todos ellos y no encontramos nada. Al final, cuando ya dábamos por finalizada la diligencia, notamos que al lado del predio había un terreno pequeño, con una casa abandonada muy simpática, muy linda. Averiguamos quién era el dueño y él nos contó que también contaba con pozo y nos autorizó el registro. El pozo estaba tapado por la maleza y era una maravilla de obra. Muy lindo con albañilería hasta muy abajo. Lanzamos una piedra y notamos que no había agua. Pero había que bajar y el único que cabía era el ‘Joe’, así que le pusimos un arnés, le dimos una radio y una linterna. Con un balde nos mandó unas muestras del suelo y noté que había muchos huesos de ratones, lo que para mí fue un indicio de que bajo tierra había algo que ellos habían olido y fueron a comérselo.
El ‘Joe’ escarbó y salió un brote enorme de agua, con el cadáver descompuesto y ya sapificado de la mujer. Nos dijo que estaba aún con la ropa, así que le pedimos que nos enviara una zapatilla para que la reconocieran sus familiares, pero la sorpresa fue enorme cuando subió el balde no solo con la zapatilla, sino que con toda la pierna que se había desprendido del cuerpo cuando ‘Joe’ trató de sacársela.
-De los últimos homicidios que conmovieron a la provincia y que no han sido resueltos, ¿hay alguno que en particular lamente no haber solucionado?
-Sí, me dolió el no haber resuelto el caso de los profesores de Tres Esquinas de Cato (homicidio de una pareja de profesores jubilados ocurrido en la madrugada del 28 de febrero de 2009, muertos a machetazos en el dormitorio de su casa), aunque no pierdo la esperanza de que los lineamientos de mi trabajo y del legado que le dejo a Romy Lara (actual jefe de la Brigada) los lleven a encontrar a los culpables. Ellos en esto tres años no han dejado de investigar y se trata de un equipo que tiene mucha experiencia en este tipo de casos.
-¿Le dolió la forma en que finalizó el caso de Jeissen Reyes en los tribunales?, (adolescente asesinada en 2009 cuyo pololo y único imputado fue absuelto por falta de pruebas)
-No es la primera vez que nos pasa algo así. Hace unos años hubo un caso muy similar en el que un fotógrafo fue asesinado a hachazos y para nosotros era concluyente la culpabilidad de su esposa, pero en el juicio no se logró la condena. Respeto las decisiones judiciales, pero creo que si uno fuera el fiscal tal vez habríamos ganado el caso, no es una crítica valórica a los fiscales, pero siento que en ese caso debieron haberse comprometido más, ya que pese a los elementos que les entregamos, al final en el tribunal se cansaron de escuchar días y días lo mismo y al tener una sola duda razonable sencillamente echan el caso para atrás.
-¿Qué va a ser de su vida ahora?
-Me gusta la aventura, quiero conocer todo mi país, prefiero eso que salir al extranjero. Voy a disfrutar de mi familia y tal vez me dedique luego a la docencia policial.

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