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El desenfrenado carrete juvenil que destapó el juicio de Jeissen Reyes

El miércoles 16 de mayo, mientras se realizaba el juicio oral por la muerte de Jeissen Reyes, pasó en calidad de testigo, la mejor amiga de la niña asesinada en septiembre de 2009, Nicole Rebolledo.
Con el pelo planchado, chaqueta oscura corta, que le dejaba ver parte de la piel de su cintura y unos jeans ajustados, Nicole le hacía honor a su apodo de “La Flaca”.
Más allá de los aportes que pudo o no haber hecho en pos de clarificar el crimen que terminó sin culpables, “La Flaca” hizo declaraciones crudas, y que seguro hirieron el honor de la familia Reyes Briones y dejaron en shock a quienes, almidonados por  la poco confiable sensación de seguridad que otorga el ser de clase media, ignoraban la total falta de límites con que los jóvenes en riesgo de vulnerabilidad de derechos, viven su día a día y en especial sus desenfrenadas fiestas.
Aclarado ante el estrado lo que era “el ponceo”, esa tendencia de origen japonés imitada hace años en Chile, que permite que los asistentes a una fiesta se besen entre todos y sin miramientos ni filtraciones, la abogada Marcia Soto le preguntó a la flaca:
-Esa noche, cuando usted y Jeissen estuvieron en la primera fiesta, ¿ella ponceó?
-Sí, respondió la joven de 21 años.
-¿Con cuántos?, interrogó la defensora.
-¡Ah!, sonrió irónica, para agregar que “no sé, con varios, con el “Nenuco”, con el “Choro Gordo”, con el Ángel... con varios”.
La flaca también admitió que la mayoría de las veces, ambas terminaban borrachas cuando salían a tomar y que ese año (2009), la víctima había tenido cerca de cuatro pololos.
Minutos después, la testigo se retiró de la sala, salió del tribunal mirando hacia abajo, se sentó en el paradero para protegerse de la lluvia y lloró.
“Igual dije la pura verdad, no más. Yo era de las mismas, para qué lo voy a negar si las cosas son como son, le duela a quien le duela”, dijo con una sensación de resignación que reñía a muerte con la esperanza de que todo fuera distinto. Mejor.
Jeissen era una niña común y considerada “normal” dentro de un grupo de adolescentes cada vez más numeroso, tan evidente en las poblaciones más humildes de Chillán, por lo que adjetivarla en forma negativa por su manera de vivir, sería pura reacción desinformada e hipócrita.
Así lo comprobó el equipo de LA DISCUSIÓN, que se metió en el ambiente de los carretes de los escolares de hoy, ajenos al romanticismo de antaño, sin tabúes y despectivos -más por instinto que por opción intelectual- a todo lo que les suene a tradicional, todo inmerso en un mundo, donde las drogas, el alcohol, el desempleo, el hacinamiento y la falta de referentes valóricos nos están dando una humillante paliza como sociedad.
“Acá los carretes son con todo, se ve de todo, al menos el de los flaites (los más pobres), los cabros andan armados, a casi todas las niñas les gusta agarrarse a combos, y hay mucho copete por lo que como a las 5 de la mañana andan todos locos ya, y ahí la cosa se pone peligrosa, por eso yo creo que el hecho de que en todos estos años hayan matado a una pura niña, es casi un milagro”, dice Mauricio (17), uno de nuestros entrevistados, dejando obsoleto en cinco segundos, los que los “ochenteros” de toda la vida, llamaban carrete.

 

Anomía social
Tuti (17) se confiesa bisexual, “como a los 12 años me di cuenta de que me gustaba mi amiga, hasta que un día le di un beso. Nos gustó y pololeamos como cuatro años y medio. Después pololeé con un niño como un año y medio”, relata.
La joven estudiante se considera así misma “diferente” al resto de sus pares, pero no por su condición sexual, sino porque “me gusta leer, me gusta la literatura de lo absurdo, otros como Edgar Allan Poe. También me gusta el cine y la música metal”. Y aunque se define como quitada de bulla, piola y más recatada que el resto, dice que “en una fiesta poncié como con 20 personas” y que una noche se tomó “cuatro vasos de cerveza, dos y medio de ron, una botella de pisco y un “chimbombo”, algo así como una garrafa plástica de vino blanco con jugo en polvo, de preferencia Zuko o Sprim.
María Paz, Mauricio y Rafael, también se consideran distintos al resto. Los une el amor a la música metal y el ser parte de un grupo de amigos indisoluble que andan juntos en todos lados.
Pese a la seguridad que importa lo anterior, el grupo cree que a los 12 años, las niñas y niños de su entorno han perdido la virginidad y que al menos 8 de cada 10 han consumido drogas.
“No carreteamos con los flaites, pero igual conocemos como son sus fiestas. Empiezan en las casas y terminan en la calle, en las plazas o en los potreros y ahí es normal que se aparte un grupo de seis u ocho personas, se vayan para lo oscurito y se pongan a tirar (tener sexo) todos juntos, pero cada uno con su pareja, ahí no se puede poncear, eso es más serio”, explica María Paz.
Para la socióloga Cristina Martín, quien desarrolló una investigación con 50 niños de las poblaciones Los Volcanes, Lomas de Oriente y Sarita Gajardo de nuestra ciudad, “ellos buscan enajenarse en los carretes, buscan escaparse de los márgenes que les pone una casa hacinada, donde hay familias disfuncionales por causa de las drogas, el alcoholismo, las drogas y el desempleo y donde la figura paterna para ellos es un chiste”.
Y si en el caso de Jeissen Reyes, siempre se admitió la difícil relación de ella con su padre y su abuela, quienes la criticaban por salir mucho y por las amistades que tenía, “generalmente la reacción que tienen los padres con sus hijos de criticarlos  es un error. Ellos necesitan ser escuchados, necesitan cariño, ser perdonados, de lo contrario saldrán a buscar el cariño que no encuentran en sus casas entre sus pares, y este puede llegar a modo de sexo o de complicidad para consumir alcohol y drogas. Después de todo, eso les hace olvidar su realidad, que por cierto es una realidad que no les gusta, pero que no hacen nada por cambiar porque no saben cómo hacerlo y a estas alturas ni siquiera les importa”.
En sus estudios, la profesional descubrió que estos jóvenes jamás se detienen a analizar su futuro. “Es que no ven metas, no creen en la enseñanza ni en el trabajo, eso se llama anomía social y su remedio es muy complicado, depende de un cambio estructural social que tomará años”.

 

Los cuatro tipos de niñas
Según Daniel y “El Negro”, jóvenes del sector oriente de la ciudad, “los sábado hay fiestas cada dos cuadras. Se hacen en las casas donde los papás salieron, o los que tienen papás en la cana, o los que están volados o curados”.
El reggaeton es el sonido obligado, y el ponceo viene en el pack.
Aseguran que a las niñas les gusta jactarse de cuántos hombres se han agarrado en una noche y “que ahora es más común que ellas peleen a que lo hagan los hombres. Siempre las peleas son por celos”.
El alcohol y las drogas son el punto inicial. El negro reconoce que “ahí se ven cómo son las cabras. Hay cuatro tipos, las que se ponen a pelear, las que se ponen eufóricas y son amiga de todos, las que se ponen calientes y se las come cualquiera -a esas les dicen las pelás- y las que se van en la depre y se ponen a llorar”.
Estas últimas son suicidas y generalmente buscan intoxicarse con medicamentos, como lo trató de hacer Jeissen. Un dato relevante es el que la patrulla microtráfico el año pasado haya incautado sobre 30 mil fármacos en negocios del sector y que los fines de semana el hospital colapse por este tipo de pacientes.
Mientras niñas como María Paz, que tiene varias compañeras que ya son madres, dice que “en el colegio hemos pedido que nos orienten, pero las orientadoras no hacen nada”, la socióloga Cristina Martín, nos desalienta: “De todos los niños que estudiamos en esa oportunidad, ninguno tenía las herramientas ni las condiciones para salir adelante”.

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