miércoles 05 de agosto del 2015

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Política

Política (86)

El capitalismo es un concepto muy vapuleado últimamente. Puede ser para algunos incluso una especie de tabú. Pero se debe decir que ni una economía de libre mercado, ni una economía centralizada son malas o buenas per-sé. Lo que sucede es que ambos mecanismos requieren de un equipo humano que construya y supervise las reglas del juego. Y sucede que estas personas suelen estar sujetas a carencias morales que ensucian, cualesquiera sean, las doctrinas económicas en régimen.
Lunes, 16 Febrero 2015 10:32

Yo discrepo

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La sospecha de una relación incestuosa entre la política y el dinero ha sido un tema de conversación recurrente. Lo mismo ha ocurrido con el supuesto tráfico de influencias, entre grupos de poder, para sesgar las decisiones de agentes políticos y económicos relevantes. Sin embargo, los últimos acontecimientos conocidos por la opinión pública nacional, han superado con creces las peores sospechas. Los casos Penta (fraude tributario y financiamiento electoral ilegal) y Dávalos (uso de influencias y posición privilegiada) han dejado al descubierto el uso de poderosas redes de tráfico de influencias que gobiernan la relación entre la política y la economía.
Miércoles, 21 Enero 2015 17:37

Acción política en la reforma educacional

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La reforma escolar está entrando al tiempo en que los legisladores deben definir los términos de la misma, lo que tiene contento a algunos, alterados a otros y a unos cuantos los tiene francamente desmoralizados.   Ahora bien, por la poco inteligente forma en que se está arribando a la fundamental matriz legal, en la que sobresale por una parte, la ausencia de la sana práctica política de avanzar paso a paso en torno a objetivos claros y reflexionados por todos, y por otra parte en la que se advierte una inexistencia de compromisos activos por parte de los principales afectados, no creemos equivocarnos al estimar que esta reforma verá la luz con una preocupante fragilidad.    En efecto, se observa que el Poder Ejecutivo y los legisladores que le dan un mayoritario soporte en el Legislativo han procedido desatendiendo las prevenciones, objeciones, e incluso muchas alternativas que han planteado una parte importante de lo actores involucrados o genuinamente interesados en comenzar un cambio en nuestro sistema educacional, especialmente en lo que se refiere a la salvación de la educación pública.  Han actuado también en base a unas cuantas reuniones breves con seleccionados invitados pretendido dar de esa forma, una señal de que han observado una pauta democrática en la confección de sus planes. Por otra parte, los legisladores de la oposición han dicho públicamente que adoptaron el criterio de defender sus convicciones y propuestas no en el actual trámite legislativo, sino que lo harán en la próxima campaña presidencial, evitando de esa forma, desgastarse en una discusión que ellos ven como un monólogo.   El problema es grave, pues las consecuencias de instalar una reforma social al modo de un proyecto de ingeniería social no solo parecen predecibles, sino que inevitables. Y es que todo ello no puede sino “producir”  un sistema escolar frágil, enfermo y efímero. Más aún, la forma en que están operando los legisladores en su conjunto, unos motivados por un ideologismo obtuso y otros guiados por una desidia pragmática, hará inevitable un modelo social decadente al modo en que lo advirtió Kojève, el polémico filósofo de inicios del siglo XX, quién señaló que el totalitarismo aparece cuando una fracción de los ciudadanos impone a todos los demás sus propias ideas y acciones, sin ponerse de acuerdo con ellos, sin tratar  de lograr un compromiso con ellos, y sin tomar en cuenta sus ideas y deseos.   Ese es el horizonte que tendrá Chile en el corto plazo a menos que el curso de acción cambie. Específicamente, a menos que los legisladores tomen conciencia y empiecen a actuar con mayor responsabilidad moral. Ellos no pueden eludir su tarea de generar compromisos activos en la ciudadanía para dar larga y sana vida al profundo cambio que nuestro sistema educacional requiere y con ello, fortalecer nuestra democracia.  En pocas palabras, es imprescindible que los legisladores incorporen en su ejercicio, cordura, racionalidad, apertura, visión de largo plazo y, fundamentalmente, amor por el país antes que seguir por la senda orientada por ideologismos o  pragmatismos circunstanciales.
Miércoles, 21 Enero 2015 17:12

El burro, el niño y el viejo

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Los gobiernos suelen estar muy pendientes de la opinión pública. Esta es por naturaleza difusa, algunos estiman y con cierta exactitud que ésta se expresa a través del voto en elecciones democráticas. Otras hablan de la voz de la calle como si ésta fuera representativa de las mayorías y por último están las encuestas. Cualquiera que fuera la opción válida, lo cierto es que la denominada “opinión pública” es tan difusa como veleidosa. Qué es en definitiva la opinión pública o cómo relacionarse con ella sigue siendo una de los desafíos más formidables para la clase política. Algunos piensan que la mejor manera es ninguneando a la política a la cual pertenecen y de la cual usufructúan, ocultando para ello en la elecciones su militancia política. Otros los hacen participando en cuanto desfile hay en la calles por las causas más diversas. Alguno de ellos llegó a afirmar que el programa presidencial debía ser redactado “por la calle”. Seguramente pensaba que allí están los votos duros. Lo cierto es que la opinión pública, de la cual todos se creen voceros no le pertenece a nadie y por el contrario se mueve por percepciones de la más diversa índole, por sensibilidades que muchas veces están más allá de las manifestaciones visibles. Cualquiera que fuera la forma en la cual se manifiesta, la opinión pública es y seguirá siendo una abstracción imposible de definir de manera exacta. Testigos calificados cuentan que cuando el General Pinochet sacó las tropas a la calle en lo que se denominó como “Movimiento de Enlace”, el Presidente Aylwin, que se encontraba en Europa, lo citó a La Moneda para reunirse con él en cuanto se bajara del avión. Así fue como Pinochet ingresó al Palacio Presidencial por el estacionamiento subterráneo, a los pocos minutos que lo hiciera el Presidente. Hasta allí llegó con una actitud fingidamente sumisa ante el Presidente. Sabía que había puesto al país al borde de la institucionalidad, más aún cuando no estaba el Presidente en el país. Aylwin con voz fuerte e indignado le reprocha su actitud y le dice que la opinión pública nacional e internacional va a creer que en Chile está en peligro la democracia y esto perjudicará su imagen, frenará las inversiones y le provocará un profundo daño al país. Pinochet, que había guardado silencio como un alumno que recibe el reto de su profesor, levantó por primera vez la cabeza y lo interrumpió: “disculpe Presidente -le dijo- le voy a contar una historia”. El Presidente lo miró intrigado, y Pinochet continuó: “En un pueblo entró un burro, un niño y un viejo caminando bajo un sol intenso; el pueblo dijo ´pobre niño´, el niño entonces se subió al burro, ante lo cual el pueblo que observaba a los tres dijo ´pobre viejo´, entonces el viejo se subió al burro y el pueblo dijo ´pobre burro´. Esa es la opinión publica Presidente” -terminó por decir Pinochet-. Aylwin lo miró y moviendo levemente la cabeza y con una sonrisa forzada que desnudaba su molestia dio por terminada la reunión. La opinión pública es esa masa impredecible y la única manera que se legitima es cuando se manifiesta democráticamente a través del voto. Ni la voz de la calle, ni las encuestas deben ser determinantes a la hora de decidir una política pública. Deben primar las convicciones, la tolerancia y el respeto por la diversidad y la soberanía popular.
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