Créame que tener una relación llena de ángeles a potope dando vueltas por ahí no es tan difícil, así es que no se aflija si aún no logra darle el palo al gato. Es hora de romper el mito de que las mujeres somos complicadas y explicarles que, incluso, somos más predecibles y obvias que los hombres.
Algo me dice que, por muy ruda que parezca la cabra, espera lo mismo que las pancitos de huevo, las gatas y cuanto prototipo de fémina se le venga a la mente. El problema está en que se dedica poco tiempo a descubrirlo. A lo mejor tampoco hay mucho interés.
Para mí eso tiene una explicación simple. El término es conocido, pero da en el clavo. Vivimos en la era de lo desechable y las relaciones, quizás, también lo sean. Cual baratija de persa, antes de entender cómo funciona, la desechamos y buscamos otra. ¡Qué más da, afuera hay otras!
Sí, los cambios son buenos y –como ya he mencionado- en la vida hay que probar de todo. Pero también hay que perderle el miedo al compromiso. Cuestión que no tiene nada que ver con anillos, casas, hijos, perros y gatos. Es más simple y barato.
El punto es comprometerse con el otro, involucrarse y aperrar (no estirar el chicle, eso es distinto). Probablemente, su wacha y nada en el mercado lo acompañe el resto de la vida, pero mientras dure, podríamos ponerle más canela al cuento y hacerlo entretenido, ¿o no? Al menos a mí me gustan los desafíos, sobre todo, de a dos.
Aparentemente, hoy es mejor “tener” que disfrutar. Tener algo, tener a alguien, tener una relación, y una vez que lo tenemos, la cosa se pone fome. No importan las rodillas peladas ni el camino recorrido. Si no encaja hoy, lo cambio mañana.
Perdóneme, pero las relaciones tienen sus costos y beneficios. No es el regalo para el lolito que venden a gamba en la micro y usted lo sabe. Por eso, si va a soltar la esponja cada vez que el panorama se ponga pelúo, mejor no se meta en “cosas de grandes”.
