Su materialización, sin embargo, hoy en día está siendo fuertemente cuestionada por grupos de interés con el silencio cómplice de la sociedad: Proyecto Hidroeléctrico de Aysén; Mall de Castro; Proyecto Bocamina II de Coronel; por mencionar algunos.
¿Por qué la sociedad se ha manifestado en contra de la única variable económica que contribuye efectivamente a mejorar su calidad de vida? Son, al menos, dos las razones que podrían explicar esta paradojal realidad.
Razón 1: La soberbia. Los cuantiosos beneficios generados por el proyectos, desprecian el efecto en las comunidades afectadas, las cuales, habitualmente, son muchísimo menores en cantidad que las comunidades beneficiadas con el proyecto. Los inversionistas asumen -equivocadamente a mi parecer- que el beneficio general está por encima de cualquier beneficio particular, desconociendo que la nueva organización en redes integra ambas dimensiones.
Los efectos negativos de un proyecto de inversión, se transmiten rápidamente a una sociedad que está interconectada.
En este ambiente, la forma tradicional de evaluar proyectos de inversión queda fuera de contexto. La construcción de redes, para interactuar con las redes existentes, propaga los beneficios de una forma tal, que puede contrarrestar el rechazo y conseguir la validación social.
Este escenario requiere, sin embargo, la humildad del inversor, donde cada componente de una red, por insignificante que sea, contribuye a sustentar el proyecto.
Razón 2: La avaricia. La generación de riqueza y, consecuentemente, la concentración de la misma han conducido inevitablemente a un distanciamiento cada vez mayor entre la sociedad y grupos emprendedores.
La obsesión del inversor en concentrar los esfuerzos en apropiarse de la torta existente, en vez de hacerla crecer, genera un enorme costo social.
En este escenario la posesión de activos valiosos y/o la generación de rentas monopólicas contribuyen a generar un crecimiento desproporcionado de la riqueza, en manos de un reducido grupo de personas.
La sencillez y la generosidad del inversionista en crear valor compartido, contribuye efectivamente en resolver dicho problema.
En resumen, la humildad, sencillez y generosidad, son las virtudes que pueden contribuir a romper la desconfianza respecto de la inversión privada y, junto con ello, permite que el país puede retomar la senda de desarrollo en forma sostenible.