Respecto a uno de los argumentos, el Presidente señaló que “como cristiano, creo en la vida como un don de Dios. Sólo Él tiene el poder para dar vida y el derecho a quitarla”. Bien por la fe y creencia de Su Excelencia y de aquellos que comulgan con aquel credo, no obstante, ¿dónde queda el respeto a los principios, convicciones, responsabilidad y libertad que cada uno de los/as chilenos/as tiene? Es decir, la capacidad para discernir, tomar sus propias decisiones, la autodeterminación, sin la tutela religiosa. Por otra parte, su opinión no es la de cualquier ciudadano, es la de un Jefe de Estado (Estadista); por lo tanto, existe una línea muy delgada entre sus convicciones personales (religiosas y valóricas) y el cargo de máxima autoridad política de un (supuesto) Estado Laico.
Ahora bien, no estamos hablando de una imposición, sino de persuasión desde el cargo de máxima autoridad y como diría Althusser, lo hace recurriendo a uno de los “Aparatos Ideológicos del Estado”, como es la prensa, y no cualquier prensa, sino El Mercurio, que ideológicamente comulga con este discurso del Mandatario.
De esta forma, se busca que la construcción social de la realidad de la ciudadanía coincida con el universo ideacional de aquellos sectores que tienen una posición de privilegio en la sociedad chilena y para aquello se recurre a la ideología y a los medios de comunicación que difunde un determinado modelo de sociedad. Aquello que el profesor Juan Luis Pinto denomina “empresas de construcción de realidades”. Tema no menor en la sociedad chilena donde existe una fuerte concentración de los medios, lo cual atenta contra la igualdad en el debate de ideas, la contraposición de argumentos y el pluralismo democrático.
Por último, un punto no menor, el título (elegido con cierta intencionalidad) del “texto inédito”; pareciera que el Presidente quisiera trasladar o circunscribir la discusión entre aquello que tienen un compromiso y defensa de la vida (los autodenominados pro-vida), versus aquellos que están por legislar y despenalizar el aborto y avanzar en otro temas como la eutanasia, pero que bajo la perspectiva de los primeros (pro-vida) estos últimos estarían a favor de la muerte.
En ese sentido, me parece que trasladar la discusión y el debate a esta antinomia o especie de maniqueísmo (bien contra el mal), no hace otra cosa que caer en un reduccionismo valórico que no se condice con la importancia que tiene un debate como este y de otros temas de carácter valórico; más aún, en la idea, de la cual tanto habla la clase política, de tener ciudadanos informados, empoderados y que tomen sus propias decisiones.
Al parecer y ya desde hace bastantes años, la concepción de libertad que un sector de los políticos concibe y quiere para los chilenos se circunscribe netamente al ámbito económico.








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