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domingo 21 de diciembre del 2014

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Miércoles, 14 Diciembre 2011 20:10

Navidad: Amor y libertad

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Bien sabido es que el 10 de diciembre de 1948 hombres y mujeres de buena voluntad, reunidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobaron y proclamaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Faltaban pocos días para la Navidad, y me parece que el espíritu de esa celebración aleteaba sobre las personas que hicieron posible la creación de este documento tan humano.

Quiero recordar sobre todo el artículo 18 de la Declaración: ”Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. También Jesús, el nacido en Belén hace aproximadamente 2011 años, el mismo a quien celebramos en las fiestas de Navidad, alza su voz en proclamas de libertad desde el primer momento. Cuando ya adulto se presenta en público dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos” (Lc. 4,18). La famosa máxima evangélica “ámense los unos a los otros” no es sino un canto a la libertad. Nada que se haga por amor es dominación, obligación onerosa, coacción indigna. Cuando una persona, joven o adulta, se presenta en una determinada institución para ofrecer sus servicios de voluntariado está diciendo que en forma libre y soberana, en forma gratuita, quiere dar lo mejor de sí misma en servicio y ayuda de los demás.
El espíritu de la Navidad es un espíritu de amor y libertad. Y por eso los regalos: los verdaderos regalos de Navidad tienen que ir en esa línea, en ese estilo. A nadie nos agradaría que alguien nos ofreciera un regalo porque se siente obligado a hacerlo; el regalo, o es libre expresión de nuestro amor y amistad, o no tiene sentido. Al llegar la Navidad conviene revisarnos interiormente acerca de nuestro sentido del amor y de la libertad. El amor, al decir del neopsicoanalista Erich Fromm, es hijo de la libertad. Somos libres para amar. Por eso cada vez que amamos de corazón, con toda nuestra alma y generosidad, en forma gratuita, sin buscar nada a cambio, nos sentimos bien, livianitos, ligeritos de equipaje. En una palabra, nos sentimos mejores personas. Y es que es así: el corazón humano está hecho para amar y no para odiar, para servir y no para aprovecharse de los demás, para compartir y no para acaparar. Por eso también, las personas más amorosas, sencillas y generosas, son las más felices, las más realizadas, las que se sienten más libres, las menos ansiosas, angustiadas, neuróticas.
Uds. y yo conocemos testimonios de voluntarios y voluntarias, sobre todo jóvenes, que entregan parte de su tiempo y de su vida para ayudar a otros más desposeídos y desfavorecidos. Basta ver sus rostros, sus ojos brillantes de entusiasmo, para darnos cuenta de que ese testimonio que nos transmiten expresa muy bien la felicidad que los invade a partir de su misma experiencia de entrega generosa. La actitud de esta buena gente que se ofrece gratuitamente para ayudar es una entrega que los transforma. Una entrega así es propia de corazones libres y amorosos, realidad muy acorde con el espíritu de Navidad. ¡Feliz Navidad!

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José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

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