Soy hombre de esperanza y creo que esta crisis en la que nos encontramos es de crecimiento. De aquí tiene que surgir una mejor conciencia de la necesidad y calidad de nuestra educación chilena en todos sus ámbitos y etapas. Sin olvidar, por supuesto, la primera de todas: la educación en el hogar, pues de ahí parte todo. Es muy difícil construir buenos niveles de educación si primero no se han afirmado los sólidos cimientos familiares.
Sí, es cierto, todos coincidimos con los estudiantes cuando decimos a voz en cuello, que buscamos, deseamos, anhelamos
una educación de calidad. ¿A qué nos referimos? Entendemos educación de calidad cuando pensamos en instancias educacionales que ponen a las personas en el centro de todo el proceso. Una Universidad pretende educación de calidad cuando antes que pensar en docencia, investigación y extensión, piensa en las personas a las que sirve. O mejor dicho: precisamente por tener como único centro de sus inquietudes a las personas a las que sirve, su docencia, investigación y extensión, resultarán tareas de calidad. Deseamos en Chile una educación de calidad tal, que desde que el niño va creciendo en su familia hasta que salga de la Universidad o de un centro de educación superior, haya crecido en humanidad. Seríamos un país ideal. ¡Crecer en humanidad! ¿Hay objetivo más noble y meta más elevada? Crecer en humanidad significa que los hombres y mujeres, a medida que van cumpliendo su proceso educativo, se van desarrollando en forma integral; es decir, como personas íntegras. Crecer en humanidad significa mantener despiertos la mente, el corazón y el espíritu; es mantener despierta la sensibilidad por la verdad; es comprometerse con el mundo de hoy para hacerlo mejor.
Esa es la educación que nos ayuda a mantenernos sanamente críticos, autónomos, de personalidad recia, empezando por el sentido crítico hacia uno mismo: la autocrítica. Una educación de calidad, como la que estamos pidiendo los chilenos, nos ayudará a ser mejores personas; es la educación que ayuda a crear pensamiento para el mejor servicio a los demás. Sí, no tengamos miedo a la palabra: es una educación para el amor. Amor sin apellidos ni calificativos porque se trata de un amor universal. De sobra sabemos que las personas que no aman no son felices, se ahogan en su propio raquitismo, y no son capaces de vivir una vida de trascendencia. Por eso, una educación de calidad, como la que estamos describiendo, es también una educación para la felicidad.
Queremos para nuestro Chile una educación, que partiendo desde las familias, y continuando por las instituciones educacionales (desde la escuela básica hasta la Universidad) sea gratuita y de buena calidad. Para ello necesitamos que padres y educadores se reencanten con su vocación y crean en ella: vocación para ser formadores de personas. Son personas que proceden de diferentes orígenes familiares, ideologías, creencias, pero que, gracias a su educación de calidad, podrán convivir felices de la vida y desarrollarán una vida de compromiso con los demás.








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