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Gestos humanos que conmueven

En su colegio, a los tres años un día Hugo fue reprendido y censurado por su educadora. En vez de escribir “puerta” él escribe “pueta”. Entonces, ella, con un lápiz rojo le pone una cruz a su trabajo y luego le incrusta la corrección con la erre que le faltaba.

Acto seguido llama a la mamá para solicitarle que lo retire de ese colegio porque el adelantado niño resulta ser “muy conflictivo” en su salón de clases. Porque la instrucción de ella había sido dibujar; por eso le entregó lápices de colores.

Pero el chico Hugo, usó el lápiz celeste “artel” para dibujar letras, es decir el arte que él sabía. Incluso ya escribía y narraba el esbozo de algunos cuentos infantiles. En vez de felicitar y apoyar ese talento precoz, la profesora cercena de cuajo todo aquello que escapaba de su pequeño horizonte mental: ¡en esa edad los niños solo deben dibujar, no escribir!

Tal como hoy los poderes globales que controlan las redes sociales y desde allí censuran: a esta edad de Latinoamérica, las personas solo pueden poner emoticones con sus estados de ánimo, enojarse y alejarse entre ellas y compartirse fotografías, pero no pensar por sí mismos ni escribir algo más allá de lo políticamente correcto. Entonces llamarán a la “madrastra estado” para que nos retiren de circulación por conflictivos. El proceso inquisitorial sigue repitiéndose.

¿Por qué sabía escribir a esa edad? La razón era muy sencilla. Porque tanto su madre como su abuela le leían y recitaban poemas, dado que ellas vibraban con el mundo de las letras. Y esta es la clave de toda pedagogía: basta el amor al libro para resolver todo el secreto de la educación. Este niño creció y es hoy un gran aporte positivo a la sociedad, ayudando a otros a generar conciencia política de la realidad, la que bien puede ser transformada desde los mejores proyectos incluyentes del capital social de las personas. Y él tiene además, una especial valoración de quienes escriben, de los que abren puertas desde la soledad de la escritura. Un buen día yo recibo esta llamada conmovedora: “Ziley deseo hacer una ofrenda a Dios porque tu, en cuanto escritor tal como El Creador, te das a ti mismo en lo que creas y escribes. Y aunque a mí no me sobra nada, igual quiero financiarte algunos libros tuyos para que los salgas a repartir por las calles de tu pueblo y se los regales a quien desees.

Quisiera que tus letras no se llenen con el polvo de la soledad y sean semillas de ideas y un día se hagan grandes árboles en muchos que las puedan leer. Solo un pedido: que nadie sepa del asunto”. Por supuesto que nadie sabrá su verdadero nombre, pero considero un deber que se conozca universalmente la calidad y nobleza de un gesto que llena de orgullo a nuestra especie.

Hugo tuvo luego una razón para no frustrar su existencia después de aquella reprimenda en rojo al no escribir bien la palabra puerta. Fue cuando, a los nueve años, entre los cientos de libros que habían en casa de su abuela en Angol, descubre la puerta del “pueta” Enrique Lhin. Y a esa edad se deslumbra con estos versos, los que también explican su aprecio inmenso por la tarea de los escritores:“Porque escribí no estuve en casa del verdugo/ ni me dejé llevar por el amor a Dios/ ni acepté que los hombres fueran dioses/ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz/ ni el poder una cosa deseable…”.

En 50 años no ha podido olvidar el gusto del leer y del saber gracias a Lihn y gracias a su abuela. Porque ella, ya antes -a los tres años bajo una higuera en su jardín de Angol- con emoción de maestra normalista le recitaba al pequeño: “Porque es áspera y fea/ porque todas sus ramas son grises/ yo le tengo piedad a la higuera/”. Hugo es fruto del milagro de la lectura apasionada de esa anciana y de su madre.

Para quien sabe percibir atentamente el mundo, nada es áspero y feo. “Porque escribí no estoy derrotado”. Quizás nunca más los niños en pandemia puedan volver a un aula; quizás por eso valdría la pena que en cada hogar se plante una higuera, se reparta un libro, y bajo su sombra se siente una madre a leerles poesía. Bastaría este gesto de amor para reemplazar a la escuela. 

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