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Exaltación de la juventud

En las primeras décadas del siglo pasado, las familias asumían la necesidad de construir el destino de sus hijos. Pero también había una idea de compromiso colectivo de la comunidad respecto de la tarea de formar “buenos muchachos”. Era una sociedad en la que los mayores daban el tono al futuro posible y, en muchas familias, cuando el padre hablaba su voz era excluyente, y los demás permanecían en silencio. En ese contexto, la libertad de los adolescentes no era un concepto prioritario y sí lo eran la certidumbre, el bienestar, el cuidado, como componentes de una idea de felicidad.

En las últimas décadas, en cambio, la exaltación cultural de la juventud ha teñido los ideales y las formas de convivencia social. Valores como la rebeldía, la creatividad, la trasgresión y la espontaneidad, que eran característicos de los jóvenes, empezaron a ser también demandados por los adultos juveniles, que se volvieron padres y maestros, y a quienes les resulta complejo ser al mismo tiempo la ley y la trasgresión de ésta. En definitiva, no terminan de asumir que la adultez requiere dejar el lugar de jóvenes a los jóvenes. Y en ese incierto sentido dado a las actitudes adultas ha quedado envuelta la idea de educar.

Con adultos que prefieren que los jóvenes elijan su propio camino, que decidan quiénes quieren ser, que no sean ahogados por controles y decisiones de sus padres, aparece el riesgo de que organizaciones como la familia o el colegio pierdan el sentido de transmitir algo.

Lo anterior explica por qué los padres de adolescentes sufren cuando ven a sus hijos beber en exceso, pero no encuentran el modo de decírselo y se sienten impotentes para prohibirles que lo hagan. Los ven ingresar en relaciones, experiencias, consumos que juzgan peligrosos, pero se quedan sin voz a la hora de poner algún límite a sus elecciones.

Y quizás esto pasa porque creen estar construyendo una nueva adultez que tiene que ver con que nuestra acción educadora no afecte la libertad de los jóvenes. Esperamos que elijan libremente su propio camino, que sientan respetados sus derechos, sus espacios, sus ideas, aún al costo de que, a menudo, esa libertad sea más bien una apariencia y, en realidad, se trate de la soledad y el abandono a los que son arrojados.

La educación está aprisionada por un cambio cultural. En su esencia, educar a los hijos, llevarlos por el que creemos es el mejor camino para que puedan construir su futuro, entraña una tensión con la idea de dejar que hagan su propio camino, con una libertad que muchos adultos utilizan como justificación de su renuncia a guiar.

La dificultad no está en ampliar la libertad de los jóvenes, sino en que esa libertad no se vea privada de “la voz” de los adultos.

Si no les planteamos un camino, aquel en el que creemos, los dejamos sin una referencia con la cual pelearse, amigarse o usar como herramienta para construir el propio rumbo. Los jóvenes no son más libres con adultos indecisos, sino con los que son claros y desde allí son capaces de discutir.

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