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Espacio público

Los vándalos fueron un pueblo bárbaro de la Antigüedad, de origen germano oriental, procedente de la península escandinava, a orillas del mar Báltico. El término “vandalismo” pasó a significar un tipo de devastación, como la que ellos realizaban y que se aplicó más tarde a quienes demostraban un espíritu de destrucción que nada respeta ni valora. Así, vándalo alude contemporáneamente a quien destruye por destruir, sin sentido ni justificación, aunque a ese delito pueda sumarse ocasionalmente el robo.

En verdad, a esta altura de la civilización, los actos de vandalismo mantienen una cuota de la barbarie del pasado aplicada a cosas materiales y en una coyuntura como la crisis social que vive nuestro país, encontró un lugar propicio en monumentos, edificios y señalética, entre otros bienes públicos que han sido objeto de un empecinado ejercicio de maltrato. Tanto es así que son pocos los espacios públicos del centro de Chillán que han quedado al margen de esta irracional forma de protesta, que no considera ni los valores de la belleza ni de la utilidad, así como tampoco lo histórico.

La mayoría de los habitantes de la capital de Ñuble seguramente sufre al ver el actual estado de edificios históricos, cubiertos con horribles armaduras de lata; y sobre todo con la Plaza de Armas, doblemente maltratada, tanto por los vándalos de nuestro tiempo, como también por la falta de atención que durante años le ha prestado la autoridad.

Un párrafo especial merece el monumento central, en honor a Bernardo O’Higgins, cuyos afrentosos rayados solo dan cuenta de la ignorancia e irrespeto por nuestra historia patria y su principal figura.

La condición pública de un espacio, lo mismo que el legítimo derecho a la protesta social que tiene lugar en él, no son franquicias que liberan a sus ocasionales ocupantes de la común obligación de acatar y respetar las normas, explícitas o tácitas, que rigen el correcto y armónico desenvolvimiento de la sociedad.

Entender que plazas, edificios, monumentos y jardines nos pertenecen a todos y nadie puede monopolizarlos ni menos maltratarlos -por más justa que sea su demanda- es un necesario primer paso para que la igualdad sea más que un concepto idealizado.

El espacio público y el respeto que los ciudadanos tengan sobre él son parámetros que definen la esencia de una ciudad. Su importancia trasciende el marco del acatamiento a la ley y las obligaciones de las autoridades de hacerlo respetar, para convertirse en la radiografía de la sociedad que vive en un lugar geográfico específico.

Desde esa perspectiva, la imagen que hoy nos arroja Chillán no puede tenernos muy conformes. Es un poco mejor que otras ciudades, porque aquí no ha habido tanto ensañamiento contra el espacio público, pero evidentemente la ciudad se ha desmerecido y por lo mismo el llamado es a cuidarla. Sin confundir firmeza con atropello, pero con la convicción de que los límites son necesarios y de que sin defensa de la propiedad y el espacio ajenos, el caos social deviene inevitable y la ciudad que tanto queremos se degrada día tras día.

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