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En segundo plano

La crisis ha afectado a todos, pero se ha ensañado particularmente con la clase media, esa que se está quedando desempleada, que ha visto cómo sus ahorros se esfuman rápidamente y que, además, no tiene capacidad de continuar cumpliendo sus compromisos financieros.

Si bien en Chile no hay una definición estándar de clase media, es evidente su fragilidad, derivada de una alta fluctuación del ingreso familiar. La administración del Presidente Piñera utiliza la definición del Instituto Libertad y Desarrollo, que corresponde a aquellos hogares cuyos ingresos totales se encuentran entre 1,5 y 6 veces la línea de pobreza vigente. Es decir, el ingreso total mensual de un hogar de clase media que se compone de cuatro personas estaría entre los $626.021 y $2.504.083 mensuales. El mismo instituto indica que este grupo ha aumentado y de representar un 43,2% en 2006, pasó a un 65,4% en 2017.

Pero según datos de la Fundación SOL, en Chile solo el 20% de los trabajadores y trabajadoras gana más de $750.000 líquidos. De los mayores de 18 años, se registran 11,5 millones de personas endeudadas y casi 5 millones de personas morosas.

En síntesis, la clase media en términos prácticos no existe, sino que lo que hay son sectores medios vulnerables, precarios; familias que dejan la condición de pobreza y familias que vuelven a ella, con un alto nivel de endeudamiento, facilitado por un permisivo acceso al crédito y prácticamente sin ayuda estatal.

El Ingreso Familiar de Emergencia que se creó para la actual crisis, por ejemplo, está pensado para los hogares de ingresos de hasta 400.000 pesos, que representan apenas al 34% de los hogares chilenos, dejando fuera a toda la clase media, equivalente a casi 9 millones de habitantes.

Los expertos estiman que una fracción importante de la clase media chilena caerá en la pobreza debido a la pandemia y que otra porción significativa quedará en una situación de vulnerabilidad aún mayor, mostrando la peor cara de un modelo que se jacta de haber reducido dramáticamente la pobreza en Chile, de un 40% en 1990 a un 9% en 2019, pero que fue a cambio de endeudarse de por vida. 

Los gobiernos en general, y éste en particular, no han logrado comprender esa fragilidad y por eso llegó tarde en su reacción y lo pagó caro. Lo que debió ser un plan políticamente consensuado y sobre todo empático con la problemática de este sector, se terminó transformando en la mayor crisis política que ha enfrentado, con el oficialismo fracturado y el Presidente Piñera obligado a realizar su quinto cambio de gabinete, girando hacia la derecha más dura.

El motor de la economía no es la banca, sino la clase media, esa que trabaja y hace que las empresas de bienes y servicios marchen y funcionen. No podemos caer en la utopía de que de esta crisis que afecta al 90% de las familias del país se saldrá a través de emprendimientos particulares, el 10% de los ahorros previsionales o un bono de $500 mil.

La clase media no es ni pobre ni rica, no recibe subsidios del gobierno, ni tiene la plata suficiente para mantenerse en esta emergencia, sin ingresos. Ese es su drama, el que hoy vive más de la mitad de Chile.

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