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El “poder” de la vacuna

Mauricio Ulloa

Una pandemia global como la que enfrentamos hace un año es capaz de ofrecernos un mismo día, y casi a la misma hora, noticias tan contradictorias y distantes como el positivo inicio de la vacunación en Ñuble y la alerta enviada por la organización Mundial de la Salud de un “fracaso moral catastrófico” para referirse a los acuerdos bilaterales entre los países más ricos y las farmacéuticas, que deja a las naciones más pobres en la última fila de acceso al antídoto contra el Covid-19.

En efecto, ayer comenzó aquí un proceso inédito en el país, ya que en sólo 3 días se espera inmunizar a 7 mil 800 personas de los establecimientos públicos y privados de las 21 comunas de la Región. Una muy buena noticia que aporta una merecida cuota de alivio a las personas que han estado en la primera línea del combate de la pandemia.

Sin embargo, ayer también, el director general de la OMS criticó que aunque se lanzó en tiempo récord un fármaco para frenar el avance del coronavirus, hay decenas de países que no han recibido ni una dosis, mientras que las 50 naciones más ricas del mundo ya han distribuido 50 millones de vacunas. El prestigioso diario El País ha definido esta desviación como “Nacionalismo Inmunitario” para referirse a países como Canadá y Reino Unido, que compraron un número de dosis que multiplica por siete y seis, respectivamente, a su población.

Sería ingenuo no tener en cuenta las asimetrías existentes en el mundo desde el plano socioeconómico, y que siempre han condicionado el acceso a los insumos desarrollados por la ciencia. Pero en esta crisis sanitaria global la cosa es muy distinta. La esencia de una pandemia no está definida solo por la posibilidad de contagiar a todos los habitantes del planeta, sino que, para terminarla, es necesario que todas las personas tengan las mismas oportunidades de acceder a las armas para combatirla.

De hecho, se requiere que el 80 por ciento de la población sea inmune al covid-19 para frenar la propagación, de modo que el mundo tiene que enfrentarla con cooperación y multilateralidad, en procura de compensar las inequidades que afectan inevitablemente a todos.

Por el lado chileno, las cosas no pintan bien: mientras los casos aumentan, ayer el Gobierno confirmó que no hay certeza sobre cuándo llegará el siguiente cargamento de vacunas Pfizer-BioNTech producto de una “reestructuración” de la planta de desarrollo en Bélgica, un hecho bastante discutible que suena más a excusa para explicar una billonaria especulación y el incumplimiento de laxas promesas a países de débil poder económico e influencia global, como el nuestro.

No cabe duda que las vacunas cambiaron la perspectiva de la lucha contra la pandemia del covid-19. Son el principio del final, pero no el final. Hay que producirlas y distribuirlas, pero en medio hay intereses económicos y capacidades científicas que son parte de un orden mundial donde los primeros de la fila siempre serán los países ricos, los pobres los últimos y nosotros un punto intermedio que -con suerte- nos sitúa a fines de este año.

Es evidente entonces que, como el virus no se irá hasta 2022, no queda otro camino que cumplir los protocolos sanitarios y adaptarnos, de una vez por todas, a su amenaza permanente.

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