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El mercado, ¿ángel o demonio?

En abril de 2021, junto con la elección de los constituyentes, se inicia el proceso de elaboración de la nueva Constitución de Chile. Para unos, una hoja en blanco. Para otros, el perfeccionamiento de la actual Carta Fundamental. Para el presente artículo, una oportunidad para construir el marco institucional que nos garantice progreso, justicia y paz social para las próximas generaciones.

Para lograr dicho cometido, se debe partir por desideologizar la redacción del documento. La construcción del marco institucional basado en paradigmas presenta un mal augurio. Cuando un reconocido economista chileno señala que “el experimento neoliberal está completamente muerto”, abre una interesante interrogante: ¿Cómo abordar el rol del Estado en materia económica?

Adam Smith en su libro “La Riqueza de las Naciones” entrega algunas ideas sobre esta materia. Comienza con realzar la importancia de garantizar el derecho a un trabajo digno y útil para la sociedad. Sugiere que la concentración de la actividad económica es una fuente de pérdida de eficiencia (bienestar). Hace la diferencia entre capitalismo y capitalista. El capitalismo utiliza la competencia y la consecuente reducción de precios como mecanismo para generar una economía con mayor y mejor acceso a bienes y servicios.

Respecto de los capitalistas, la posición de Adam Smith es bastante dura. Condicional a su espíritu monopólico, deduce la arrogancia y la avaricia que los caracteriza. Pone de manifiesto que utilizan el engaño para ganar influencia con el Estado, arrogándose la representatividad de los más amplios intereses de la sociedad.

En definitiva, Adam Smith establece que la anarquía en el funcionamiento de los mercados es lo que genera las mayores ineficiencias en la sociedad. Su teoría supone la existencia de un contrato social entre el Estado, la política y la iniciativa que permita la libre competencia, como base para la acumulación de riqueza y bienestar social de las naciones.

Como parece ser la tónica, el atributo de ángel o demonio no radica en el mercado sino en el uso que le dan a dicha herramienta los mercantilistas. El dogma del libre mercado que se imprimió en la mayoría de los países desarrollados o en vías de desarrollo, olvidó completamente los supuestos con los cuales se construyó el postulado de Adam Smith. Hoy estamos pagando el costo de dicha omisión.

El funcionamiento de la mayoría de las economías capitalistas del mundo busca resolver los conflictos de intereses a través de leyes y normas. Sin embargo, no existe legislación que sirva para contrarrestar a los grupos de influencia y su capacidad para mutar en beneficio de mantener su posición dominante.

En efecto, frente al ejercicio de la influencia, la interacción entre la función pública, la vida privada y la tecnología, hacen inservibles los cortafuegos para el lobby de los operadores. En este marco, los derechos constitucionales, desprovistos de límites, son garantías fundamentales para impedir el ejercicio de la libre competencia.

En el proceso constituyente, reconocer el rol del mercado y la libre competencia como fuente de generación de riqueza, especificando inequívocamente el marco que regula el contrato social, es la vía más rápida y eficiente para recuperar la senda del progreso, la justicia y la paz social.

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