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El lazo que unió a Juan Radrigán con el teatro y actores de Ñuble

El litre

Ayer se cumplieron 84 años del natalicio de Juan Radrigán, uno de los dramaturgos más importantes en la historia del teatro chileno, quien no solo siempre aceptó gustoso cualquier invitación que viniera de Chillán, sino que también fortaleció los cimientos de la compañía El Litre, de la región de Ñuble. Uno de los integrantes del elenco, Ricardo Rodríguez Sepúlveda, teatrista y cofundador de dicho colectivo y actualmente director regional del Sindicato de Actores y Actrices de Chile (Sidarte), recordó algunos episodios de su vinculación con el destacado dramaturgo.

“Cuando Juan iba al sur, pasaba siempre aquí a la casa en San Carlos. A tal punto llegó nuestra amistad que incluso tengo una obra de él pegoteada, escritas las líneas a máquina, cortadas con tijeras para cambiar la sintaxis de alguna frase. Él las pegoteaba y me mandaba fotocopias o mandaba el texto antes de publicarlo en Santiago. Eso fue, yo creo, el mayor reconocimiento a nuestro trabajo teatral”, valoró.

¿Cómo nace El Litre?

En 1974-1975, por ahí, nos echaron del Teatro de la Universidad de Chile. Nos juntamos y decidimos seguir en el Teatro Experimental. En esos años estrenamos “Pedro, Juan y Diego”, que estuvo una semana en cartelera en Chillán, lo que es mucho para esos tiempos. Después de eso decidimos seguir. Eso fue al comienzo de los 80. Ya se tenía la experiencia de cómo era la dictadura y hubo muchos compañeros que no se atrevieron. Finalmente partimos cuatro no más: Víctor Fuentealba, Erica Reyes, Lilian Mora y yo. En los últimos montajes nos acompañó en la música Ricardo Alvarado y su esposa Anne Chipp, siempre conducidos por Víctor Fuentealba, un extraordinario director chillanejo. En 1987 recibimos un reconocimiento: dos de nuestras creaciones se incluyeron en una antología crítica, “El teatro poblacional chileno”, publicada por la Universidad de Minnesota.

¿Cómo fueron las primeras presentaciones?

El radioteatro fue lo inicial. Hubo un momento en que no nos podíamos reunir para presentar una obra teatral, entonces empezamos a editar casetes que circulaban tan clandestinamente como si fuese uno de Silvio Rodríguez. Llegaban a las poblaciones y la gente los corría, los escuchaba y pedíamos retroalimentación. Éramos muy cuidadosos en elaborarlos, teníamos un equipo de profesores, entonces con ellos se fijaba el objetivo en una reunión y nosotros escribíamos sobre tal o cual tema. Lo volvíamos a analizar y si se daba el visto bueno, se grababa y se hacía correr.

¿Dónde realizaban la grabación?

Lo hacíamos en una de nuestras casas que tenía un clóset grande empotrado. Tú entrabas, lo mirabas y era un clóset con ropa colgada y todo eso, pero sacabas los colgadores de ropa, cerrabas las puertas y estaban forradas por dentro con plumavit, había una ampolleta arriba, un micrófono colgado del techo que lo bajabas y ahí adentro del clóset podías grabar, sin ruido, sin interferencia, nada. Además, desde el 73 al 90 hicimos los actos de “Homenaje a Neruda”. Ahí se atrevieron a colaborarnos Gonzalo Rojas, Carlos René Ibacache, entre otros. Hicimos lecturas dramatizadas de gran parte de su obra. Creo que el “Canto General” es lo más destacado hecho en Chillán sobre su poesía, además fue hecha con la actuación de grupos poblacionales principalmente.

¿Qué característica principal tenía El Litre?

Nosotros nos llamamos todavía teatristas, porque ese concepto identifica personas involucradas en el teatro, pero nadie es el primer actor, ni la primera actriz, sino que todos hacen lo que haya que hacer para cumplir con el propósito. Tampoco usábamos escenografías ostentosas. No se estrenaba en ninguna sala oficial, todos los estrenos eran en las poblaciones y todas las funciones debían terminar con una discusión escuchando a la gente. Por supuesto, para ello partimos con Radrigán. Estrenamos obras de Radrigán antes que las estrenaran en Santiago. La primera que nos envió fue “El loco y la triste”.

¿Cuál era el sentido o enfoque de llevar el teatro a las poblaciones?

Lo principal era reivindicar el espacio de los pobladores. Nosotros decíamos que la cultura no tenía por qué estar radicada en el centro; y, al revés, si había gente haciendo trabajo cultural, tenía la obligación de llevarlo a quienes estaban siendo abandonados por el sistema en ese momento. Había que recuperar los espacios, ir a conversar con ellos, discutir, hacer y recoger propuestas. Lo bonito era que cada vez que la presentábamos, alguien tenía una visión de algo nuevo, porque para cada uno había sido importante una cosa distinta.

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