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El infierno de los bots maliciosos

Con frecuencia suelo estar atento a los comentarios que circulan en las redes sociales. De hecho, muchas de las ideas de columnas y propuestas de política pública que Centro de Estudios de la Realidad Regional (CERREGIONAL) ha puesto a disposición de la opinión pública, han tenido su origen en los comentarios de los cibernautas.

Sin embargo, desde el estallido social de octubre de 2019, las plataformas sociales han multiplicado los contenidos engañosos o se han poblado de comentarios desprovistos de toda lógica argumental. “Si cierran el Congreso nos ahorramos miles de millones de dólares, nos libramos de serpientes inservibles (sic) y se gobierna mejor”, es uno de los miles de comentarios absurdos que se repiten día a día en las redes sociales. El cierre del Congreso es el fin de la democracia. Manteniendo el lenguaje lepidosaurio del mentado comentarista, sin democracia nos sometemos al autoritarismo (un basilisco) o nos gobierna el anarquismo (plaga de serpientes rondando libremente y sin control); es decir, se gobierna peor.

Las plataformas sociales están siendo atacadas por millones de bots maliciosos; es decir, existen grupos – ya sea por interés o simplemente por diversión – que plagan las redes con programas informáticos que efectúan automáticamente tareas reiterativas para socavar la institucionalidad. De 100 comentaristas de una determinada noticia, relacionada con la institucionalidad del país, 80 cumplen las características de bots maliciosos. De los 20 restantes solo uno propone soluciones a los problemas que se están denunciando.

El análisis previo podría ser catalogado como una curiosidad sino fuera porque las autoridades del país viven pendientes de las redes sociales para definir los pasos de política pública a seguir. La corrupción, por ejemplo, no es patrimonio de las instituciones permanentes de la nación. Es un flagelo que afecta transversalmente a la sociedad. Nacimos en una sociedad donde la capacidad de consumo de los hogares es el sinónimo de calidad de vida. La envidia sobre los bienes que poseen los demás y la avaricia para acumular riqueza como estatus social son los principales mecanismos que destruyen a la sociedad. ¿Pero esto es un problema de la institucionalidad o de la sociedad?

Los países desarrollados nos dan señales permanentes que la corrupción se combate robusteciendo la institucionalidad y con penas del infierno para quienes traicionan la fe pública. En Chile en cambio, los bots maliciosos descargan todos los pecados de las personas en la institucionalidad. Cualquier acto contrario a la ley de una persona es argumento suficiente para que los bots maliciosos ataquen despiadadamente a la institucionalidad a la que pertenecen.

Vivir en democracia nos obliga a aceptar la opinión disidente y respetar la libertad de expresión. Pero con el mismo nivel de importancia, estamos obligados a respetar las instituciones sobre las cuales se erige el sistema democrático. La sociedad está compuesta por personas y sus fallos son propios de su naturaleza. Dependiendo de la gravedad, las personas deben tener un justo castigo de acuerdo con los mecanismos que se disponen para proteger la democracia.

Sin perjuicio de lo anterior, saber reconocer los bots maliciosos es uno de los mayores desafíos que el mundo actual nos impone. Las redes sociales nos entregan muchos beneficios, pero también esconden enormes perjuicios. De la capacidad de nuestros líderes de separar el grano de la paja en la realidad virtual, dependerá en gran medida que podamos alcanzar la paz y el progreso que todos anhelamos.

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