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El cuco

El cuco era ese personaje siniestro que vivía vigilante en los hogares, cuidando desde las sombras que los niños cumplieran con sus deberes. “Si no haces las tareas, vendrá el cuco”, era una de las tantas advertencias de nuestros padres y abuelos.

Este personaje ha existido desde hace muchos años en la política chilena y estuvo muy vinculado a la Guerra Fría. En esos años el cuco era Moscú, en la campaña presidencial de 1964 se llegó a extremos tales como afirmar que “los comunistas se comían a las guaguas”, entre otras ridiculeces que impactaron en su momento en sectores de baja formación educacional. No sin razón se le conoció como campaña del terror.

Como siempre el cuco está fundado en atribuirle al adversario político intenciones ocultas, en este caso “ajenas a nuestra idiosincrasia”, como lo ha expresado un senador en referencia a la idea de una Asamblea Constituyente. El cuco suele actuar sobre caricaturas y no sobre la realidad. El diputado Sanhueza (UDI) ha dicho que “defender la idea de que una nueva Constitución es la solución al malestar ciudadano, es simplista y al mismo tiempo una falacia”. En las dos afirmaciones construidas sobre caricaturas, hay miedo a un cuco construido por ellos mismos.

Pero el diputado Desbordes (RN) ha puesto las cosas en su lugar: “No inventemos el cuco de la Asamblea Constituyente”, dijo, aludiendo de paso a procesos exitosos como Colombia y otros países donde la asamblea fue una mixtura entre los parlamentos y ciudadanos elegidos democráticamente, no designados de manera corporativa.

Lo cierto es que más allá del contenido, la actual Constitución tiene un vicio de origen, se creó en dictadura. Y este es un tema de principios democráticos que hay que resolver de una vez por todas. Es como si Alemania se rigiera por una Constitución creada por Hitler, o España por la Cnstitución de Franco. A esta altura es insostenible.

Pero eso no es todo, la actual Constitución tiene un sesgo ideológico y economicista que ampara los abusos. Basta recordar cómo el Tribunal Constitucional mutiló la ley del Sernac, dejándola convertida en un gato de chalet, comparado con el tigre que fue aprobado 

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