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El Chacal: victimario y víctima

En la lluviosa madrugada del 30 de abril de 1963, en la cárcel de Chillán, el sacerdote Eloy Parra le entregaba los sacramentos finales al condenado a muerte, Jorge del Carmen Valenzuela. A 56 años de la muerte del “Canaca”, luego conocido como “Chacal de Nahueltoro”, la sociedad chilena no olvida el caso de este hombre que ultimó macabramente la vida de cinco niños y su madre campesina, un 20 de agosto de 1960. Apedreando, asfixiando y golpeándolos con una guadaña, el asesinato se convirtió en uno de los 100 crímenes más connotados del siglo XX, tal como lo consignó la Policía de Investigaciones. Y junto a ello, el mismo reo fue protagonista de la otra cara de la medalla, tan macabra como la anterior: en dicha cárcel se transforma en ser humano y conoce el arrepentimiento, la fe cristiana y la redención de la mano de un apóstol de Cristo, quien además lo civiliza enseñándole a leer, a escribir, a orar y dándole un oficio digno.

-“Padre ¿Por qué Dios -que usted tan bien conoce- me dio tan poco tiempo pah yo conocerlo y pah tener algo más de educación y así poder reparar mi tremendo crimen? Yo justo recién ahora podría hacer tres guitarras al mes, pah que usted las lleve a vender y les dé  el dinero a esas madres solas que no pueden dar de comer a sus hijos”. Con esta pregunta emanada de los resecos labios de Jorge del Carmen dirigida al cura, muere como hombre y como penitente cristiano, con una desconocida dignidad para él, misma que Eloy, con paciencia infinita de educador y visitándole todos los días en la penitenciería, le pudo otorgar en esos 32 meses de cárcel que duró el proceso. Allí Valenzuela se hizo estimado de los otros presos, se arrepintió, tocó guitarra, aprendió a jugar fútbol, a leer,  a escribir (escribió una especie de diario) y mejoró su aspecto físico; de gañán pasó a verse un caballero.

Se pidió el indulto al Presidente Jorge Alessandri, pero fue negado. Mucha gente apoyó desde afuera su progreso, tanto así que “El Chacal” recibía fruta, alimentos, libros y otros utensilios. El día de su fusilamiento, muchos se reunieron a las afueras del penal a implorar clemencia por el reo. La madrugada antes de morir, Jorge Valenzuela escribió una emotiva carta al alcaide Piedra y al personal de la cárcel, dando gracias por las atenciones y oportunidades recibidas. Se mostró tranquilo y totalmente autoconsciente al ser llevado al patio de fusilamiento.

El sistema judicial terminaba de hacer lo que había empezado la cultura patronal y agraria de entonces. Porque el “Canaca”, parido en una acequia, jamás tuvo niñez, ni vivienda, ni alimento ni menos cariño. La mujer que mató, a su vez había sido expulsada del fundo porque había quedado viuda con cinco pequeñas bocas.

¿Por qué un brutal hecho de sangre se volvió “cultura patrimonial”? No hay duda que la película de Miguel Littin, la que para el Bicentenario fue elegida como la mejor cinta chilena de todos los tiempos, eleva a hito cultural esta historia, poniendo a Ñuble y a Coihueco en el mapa del cine nacional.

Littin transformó un hecho de sangre brutal en un documento de la conciencia, abriendo una ventana al abismo del alma individual y sobre todo al tejido social del país, tan ligado a las indignas condiciones que vivía el campesinado chileno de esa época. La recreación artística del crimen es tan potente que el director y los actores (particularmente el chillanejo Nelson Villagra), la vuelven una joya estremecedora. Hoy en Coihueco y mañana en Chillán, a las 18.30 hrs. en el Teatro Municipal, en un conversatorio público memorable con Littin y Jorge López, reviviremos aspectos esenciales respecto a cómo el arte su película cumple 50 años- puede regenerarnos como personas y sociedad.

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