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Dimensión olvidada

El nuevo peak de contagios y colapso hospitalario, y las cuarentenas cada vez más draconianas, nos confirman que aún estamos lejos de pasar la página del covid-19 en Chile, y que a un año de decretarse la emergencia sanitaria, es necesario ver otros retos que el país deberá afrontar, derivados de la pandemia y de las medidas tomadas para enfrentarla.

Es el caso de la salud mental, un campo en el que el panorama antes de la crisis ya era inquietante. Según la última encuesta nacional de salud, diez de cada cien adultos y doce de cada diez adolescentes necesitaban algún tipo de atención. De hecho, Chile es uno de los países que más pérdidas de años saludables tienen por trastornos mentales. 59% de los años de vida que se pierden por discapacidad están dados por enfermedades no transmisibles, y de esa cifra, 19 % corresponde a trastornos mentales de algún tipo. El 35,4 % de los años de vida perdidos por discapacidad en el país corresponden a alteraciones mentales. A este cuadro tan preocupante hay que añadir que solo uno de cada diez pacientes recibe atención adecuada.

Y si así estaban las cosas hasta el confinamiento, el encierro, como era previsible, empeoró las cosas: la depresión se ha triplicado y la ansiedad se ha multiplicado por cuatro.

Los expertos tienen en cuenta que no se trata solo de las consecuencias de una fragilidad ocasional, sino que entra en juego el estrés a largo plazo o la llamada “fatiga pandémica”, que se ha ido acrecentando a medida que se han instalado la perspectiva de un túnel de largo recorrido. A las enfermedades con más literatura científica se une lo que se ha venido en llamar la “tristeza covid-19”, sin estricta definición clínica, pero que afecta a una gran parte de la sociedad, con malestares reactivos ante una situación de incertidumbre continuada.

La encuesta Termómetro Social evidenció en mayo-agosto de 2020 que el Covid-19 representaba una amenaza para la economía doméstica (inseguridad laboral, probabilidad de reducción de ingresos y endeudamiento) y esa vulnerabilidad e incertidumbre económica demostró estar asociada con mayores niveles de síntomas ansiosos y depresivos en las personas. En octubre-diciembre, cuando un 77% de los encuestados completaba más de cuatro meses confinados, la encuesta reveló que predominaban la tristeza, preocupación y rabia.

La alteración de la salud mental afecta a cualquier tipo de segmento poblacional, pero tiene más incidencia en aquellos que sufren de manera directa el impacto de la pandemia, desde los trabajadores de la salud a la tercera edad, desde los que han perdido su puesto de trabajo hasta los que ven peligrar la estabilidad familiar por la crisis económica, pasando por los menores y adolescentes que ya que sufren trastornos emocionales, de conducta alimentaria o de hiperactividad.

No vivimos un paréntesis en nuestras vidas sino que se trata de un periodo disruptivo de larga duración que va a hacer mella en nuestra conciencia, individual y colectiva. Afrontar la realidad sin tapujos y buscar apoyo emocional es una manera de hacerle frente. Sin olvidar la importancia que tiene que, más allá de la gestión de nuestros sentimientos, las muy reales incertidumbres puedan empezar a despejarse. Y que no se creen otras más con improvisaciones y mensajes contradictorios por parte de quienes tienen en el Gobierno la responsabilidad de gestionar una crisis de tanta complejidad y alcance.

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