¿Y dónde está el piloto?

Por: Renato Segura 2016-03-21
Renato Segura

Junto con el término de la Segunda Guerra Mundial, se instaló un complejo escenario para la industria nacional. Las tecnologías desarrolladas durante el conflicto, permitiría a las economías con más recursos del planeta dar un salto cuántico en materia de eficiencia productiva en tiempos de paz, generando el aniquilamiento de vastos sectores de la industria manufacturera en Chile (Fernando Moller, ministro de Economía, 1943). 

Según describe la historiadora Antonia Echenique, por iniciativa del Presidente Juan Antonio Ríos, se creó la Comisión Nacional de Posguerra, la cual, “con prescindencia total de la política interna y teniendo solo en vista el interés general de la república”, realizó los estudios y proyecciones económicas que sirvieron de base para el desarrollo de la industria en Chile. Uno de los hitos que dan cuenta de los resultados de dicha acción, se verificó el 1 de junio de 1950 cuando la planta Huachipato enciende su alto horno, dando así por inaugurado oficialmente el período de puesta en marcha de la usina emplazada en la bahía de San Vicente.

A cincuenta años de ocurrido dicho evento, quienes conducen el país, no han tenido igual respuesta frente a la amenaza externa que implica el exceso de capacidad instalada de la industria china.

El llamado milagro chileno, denominación que hace referencia a la capacidad de la economía para salir de la crisis económica ocurrida en los albores de la década del 80, sirvió de aliciente para buscar acuerdos de libre comercio con las principales economías del planeta. El ingreso de Chile al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en 1994, dio inicio a agresiva política de suscripción de tratados de libre comercio, el último de los cuales fue el Acuerdo Transpacífico (TPP) firmado el 2016.

El tratado de libre comercio con China se firmó el 2005, generando un fuerte estímulo en el intercambio comercial con el gigante asiático. Las cifras de comercio exterior dieron cuenta del salto cuántico en el crecimiento de la balanza comercial, donde las exportaciones saltaron de US$960 millones FOB el año 2000 a un máximo de US$19.000 millones FOB el 2013, mientras que las importaciones pasaron de US$994 millones CIF el 2000 a US$14.000 millones CIF el 2013.

Sin embargo, el vigoroso crecimiento del intercambio comercial con el gigante asiático, no fue suficientemente acompañado por una visión de Estado. En el año 1991, el valor de las exportaciones se repartía igualitariamente entre los grandes bloques económicos, a saber, América; Europa y Asia.  

Hoy día, en cambio, el 50% de las exportaciones tiene como destino Asia, donde China ha alcanzado una influencia de tal magnitud, que perfectamente podría desestabilizar al sector industrial exportador. 

En este juego, China recibe nuestra materia prima para abastecer su capacidad instalada en manufactura y, al amparo de un bajo costo de mano de obra, capacidad ociosa y depreciación de su moneda, nos devuelve productos elaborados a precios muy bajos. En esta dinámica, en una inédita miopía de largo plazo y falta de visión de Estado, la industria exportadora navega sin conducción y vastos sectores de la industria nacional sucumben frente a la competencia. 
 

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