Psicología del conflicto

Por: José Luis Ysern de Arce 2017-01-09
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

En los días de Navidad y Año Nuevo hemos repetido la conocida expresión: “Paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad”. Pero algunos con cierta ironía teñida de pesimismo añaden su apostilla: “¿existen esos hombres y mujeres?” Creen que en Chile estamos invadidos por doquier de gente de la que no nos podemos fiar, hombres y mujeres de mala voluntad, y que el año recién pasado –saturado de conflictos de todo tipo- es buena prueba de ello. Sin embargo no es así. Los conflictos no quieren decir que las personas sean malas y que no haya voluntad de construir paz, justicia, verdad. Los conflictos no son malos en sí mismos, pueden ser hasta necesarios para nuestro desarrollo personal; todo depende de cómo los enfrentemos.

Según Freud, según Piaget y otros grandes psicólogos, desde que nacemos estamos abocados al conflicto. Ese conflicto bien resuelto nos ayuda a asumir la realidad; nuestra realidad nos lleva a vencer el egocentrismo infantil (Piaget), a sublimar las pulsiones sexuales y agresivas (Freud), y nos conduce al encuentro con el “Otro”, base para nuestro desarrollo mental sano y productivo. Desde que nacemos, recibiendo y soportando los primeros NO que nos impusieron nuestros padres para que cumpliéramos normas impostergables de higiene y buena educación, ya fuimos aprendiendo a superar conflictos y comprobamos por experiencia que superarlos era bueno para nosotros. De paso aprendimos que en la vida no todo iba a ser miel sobre hojuelas: la buena educación mental incluye la educación para el conflicto. Por eso no extraña que encontremos autores que a los padres muy sobreprotectores y condescendientes con sus hijos los acusen de sofisticado maltrato psicológico porque los hacen caprichosos e inútiles. La educación para el conflicto parte desde la familia y se refuerza en la escuela. Cuando hemos sido bien educados en este aspecto el conflicto ya no nos da miedo. Gracias a esa buena educación hemos aprendido que es natural que existan conflictos entre las personas y entre los grupos humanos; no todos pensamos igual, y por lo tanto tienen que surgir miradas distintas acerca de los mismo hechos, habrá discusiones, disputas, problemas, pero no tiene por qué haber violencia, ni insultos ni descalificaciones mutuas. De un conflicto bien resuelto todos salimos enriquecidos. Ahí está el testimonio de tantas parejas, amigos, grupos de todo tipo que nos cuentan su experiencia de crecimiento a partir de un conflicto o crisis, resuelto con altura de miras. 

Gracias al conflicto podemos aprender a ponernos en el punto de vista del otro, podemos crecer en empatía, podemos proceder juntos a la busca de la verdad y la justicia. ¿No lo han demostrado así esas lindas mujeres israelíes y palestinas que han unido sus voces para cantar a la paz? Ninguna renuncia a sus derechos ni rebaja sus exigencias de justicia, pero reconocen que los conflictos se solucionan gracias al respeto mutuo, dialogando y... cantando. No tengamos miedo al conflicto, aprendamos a resolverlo como personas civilizadas y psicológicamente adultas. Ya en el mito bíblico del Paraíso Adán y Eva entran en conflicto, caen en acusaciones mutuas, y se esconden cuando se ven afectados por su sentimiento de culpa. Dios los desenmascara y los obliga a salir de su escondite para que enfrenten la verdad; la enfrentan y entonces Dios les garantiza el trabajo y la fecundidad. Se han hecho personas productivas y de bien. En este año nuevo se impone un llamado a la buena solución de conflictos para construir un Chile mejor: somos distintos, pero hermanos.
 

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