En Ninquihue bautizan las calles con nombres de los propios vecinos

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Víctor Orellana N 09:50 PM 2016-03-18

Desde el dueño original del fundo a quienes gestionaron la entrega de las tierras en 1967 figuran en las calles.

 

Definitivamente, las callecitas de Santa Isabel no tenían ese “no sé qué”, que Gardel veía en su Buenos Aires Querido. Más bien, eran calles de tierra configuradas por cercos de alambre y arbustos en cada uno de sus ocho pasajes, que ni siquiera tenían nombre.


Lo que partió como un fundo que giraba en torno a una lechera desde 1903 hasta 1967 comenzó un proceso de cambios a raíz de la reforma agraria y de las expropiaciones de la época.


Eran 949 hectáreas en las que su dueño, Evaristo Rozas Riquelme, fallecido en 1942, contaba con 18 inquilinos con sus respectivas familias, los que aprovechando la contingencia política de la época le pidieron a sus hijos que les cedieran esas tierras a las familias que por décadas se habían instalado ahí.


“No fue una tarea fácil, además que no todos los inquilinos se atrevían a ser el representante ante el patrón”, recuerda Jeanette Zenteno, presidenta de la junta de vecinos de esa localidad, perteneciente a la localidad de Ninquihue.


Ella, quien gestionó la construcción de la iglesia evangélica del lugar, fue además la primera vecina en la historia de Santa Isabel en obtener un título profesional, al graduarse de profesora de Historia. 


Para la docente, nombres como los del dueño original del fundo; el de su padre José y el de Pedro Ortiz, los dos “negociadores” que lograron que les entregaran las tierras, y el de otros dirigentes y parceleros que han sacado poco a poco el pueblo adelante, merecían algo más que ser parte de algún relato oral ya casi sin voz.


Entonces, entendiendo que hoy hay muchos de los vecinos hacen encargos en San Carlos o en Chillán, “nos dimos cuenta que la gente que venía a hacer las entregas se perdía, porque los pasajes no tenían nombres, salvo la calle principal que se llama Santa Isabel. Fue así que le propusimos a la municipalidad (de San Carlos) que nos autorizara a ponerle  el nombre de nuestros vecinos ilustres a cada uno de esos pasajes”, dijo Jeanette.


La propuesta llegó en diciembre a manos del alcalde de San Carlos Hugo Gebríe y tras discutirse en el Concejo, se les pidió que enviaran los antecedentes históricos que justificaran esos nombres para identificar los pasajes.


Los ocho pasajes, y sus argumentos son: Santa Isabel, por ser el nombre del fundo; Evaristo Urrutia, su dueño; Pedro Ortiz Riquelme y José Zenteno Ortiz, los primeros negociadores, gestores y luego administradores de la Cooperativa en la que se convirtieron en 1972; Juan Gómez Gómez, parcelero quien ayudó a crear el sistema de riego y de distribución de aguas; Juan Alarcón Cancino, el capataz histórico del fundo; y los de José Orellana Contreras y Juan Lillo Acuña, tesorero y secretario del primer directorio de la cooperativa.


“Nos gustó la iniciativa. La verdad es que no siempre se deben repetir los nombres de O’Higgins, Prat o Violeta Parra, y el que ellos hayan querido bautizar sus calles con los nombres de sus vecinos más destacados, me parece hasta digno de imitar”, explicó el concejal de San Carlos, Mario Sabag.


En algunos años más
El 24 de enero de 2015 se pusieron los carteles con el nombre de las calles y el primer paradero de metal del pueblo.


“Cuando vi el nombre de mi padre en el letrero me emocioné. Vinieron mis hijos y una nieta de Santiago, le sacó una foto para mostrarle a sus amigos que su abuelo fue un hombre importante”, dijo Rebeca Ortiz.


Dos de los ocho homenajeados están vivos. Uno de ellos es José Ortiz, quien recordó que en 1972 para poder convertirse en cooperativa les exigían 45 casas, y solo tenían 26, “así que tuvimos que ir a buscar familias a otras partes, pura gente que le trabajaba a un patrón. Luego de ser cooperativa pasamos a ser unidades agrarias individuales y hoy viven más de 600 personas aquí”.


Hoy la localidad está a la espera de que se termine de restaurar la casona patronal, declarada Patrimonio Cultural, para transformarla en un museo.


“Nos gustaría que nos abrieran de nuevo la escuela, porque además tiene multicancha, nuestra idea es que pronto haya una biblioteca con internet y que nos pongan alcantarillado”, dice Jeanette Zenteno, quien junto a Rebeca Ortiz sueñan con tener en Santa Blanca una posta, calles pavimentadas y con que se haga el embalse Punilla para mejorar su regadío. 


“Pero eso será en algunos años más, lo primero, que era rendirle un homenaje a quienes dieron los primero pasos para formar este lugar, ya se hizo”, dijeron.

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