Ciencia menospreciada

Por: 03:30 PM 2016-12-17

Cuando en 1994, tras la recuperación de la democracia, se le preguntó al entonces ministro de Hacienda Alejandro Foxley qué hacer para elevar el crecimiento económico de Chile, la respuesta fue: “invertir, invertir e invertir”. Y con toda razón, ya que la evidencia internacional demostraba que en general aquellas economías que destinaban una parte importante de su producto interno bruto a inversión mostraban mejoras sostenidas en las tasas de crecimiento del PIB y el PIB per cápita.  

Hoy en día si se hiciera la misma pregunta, la respuesta inequívoca sería “ innovar, innovar, e innovar”. Esto significa que más allá de la inversión y acumulación de capital es la productividad de los factores que explica la diferencia de crecimiento de los ingresos entre países y que depende fundamentalmente del progreso tecnológico y la innovación.

Sin embargo, la evidencia no es alentadora para Chile. Los recursos destinados en nuestro país a la Investigación y Desarrollo (I+D) no superan el 0,4% del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que el promedio de la Ocde sextuplica esta inversión. Incluso en países como Finlandia, Suecia, Israel, Japón y Estados Unidos gastan casi el 4% de su PIB en I+D. 

Lamentablemente, este menosprecio al aporte que puede hacer la ciencia al desarrollo nacional persiste. Y es que las buenas intenciones declaradas en los discursos de nuestras autoridades políticas no se condice con la voluntad real del Ejecutivo, que tiene su principal expresión en el Presupuesto de la Nación. Y en éste, el aumento de la inversión (que supuestamente llegaría a 0,1% para completar un 0,5% del PIB) implica crecer menos de lo que crece el Presupuesto general (2.7%) previsto para 2017.

Pero el financiamiento no es el único problema. De hecho es una manifestación de un problema mayor: la ausencia de una política de Estado para desarrollar capacidades, generar, transmitir y usar correctamente el conocimiento. 

Para la ciencia chilena será imposible dar el salto que necesita sin la institucionalidad adecuada, y con la ya sobrepasada estructura de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (Conicyt). Se necesita la convicción del Congreso y un cambio de paradigma por parte del Ejecutivo. 

Este último convocó en 2016 a una comisión para pensar la institucionalidad y la principal conclusión es que es necesario crear un Ministerio de Ciencia y Tecnología. La visión es -al igual como ocurre con el turismo y los recursos hídricos- que el prestigio e importancia política de un sector se mide por su capacidad para lograr que haya un ministerio dedicado a él. En consecuencia, una nueva cartera (la número 24) sería la solución para contar con los recursos que se requieren y una garantía para que esta temática se aborde de manera integral.

La idea del Ejecutivo es bastante discutible, pues además de aumentar la burocracia y desacoplar a la ciencia del sistema de educación superior, le entrega al Conicyt la responsabilidad de armar el proyecto, situación de por sí extraña, pues es esa agencia la que administra los fondos y, en consecuencia, no debería ser quien simultáneamente diseñe los detalles de su institucionalidad. 

Por el bien del desarrollo científico y, por ende, de nuestro país, es de esperar que el Gobierno revise esta propuesta y se retome el rumbo del diálogo y de la política pública basada en la evidencia y la experiencia de naciones donde el conocimiento tiene un rol central en la vida social y económica.

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