Navidad: abrirnos a la esperanza

Por: José Luis Ysern de Arce 2016-12-12
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Algunos me dirán que los nuestros no son tiempos de esperanza, sino de desilusión y pesimismo. Advierten que vivimos tiempos difíciles y que abundan instituciones y personas en las que no se puede confiar. Sin embargo, insistir en esa visión no nos conduce a nada positivo y nos puede hacer daño; el daño de la inactividad, el daño del estéril conformismo, o lo que es peor, el daño de buscar en otros los culpables de la situación para lanzar dardos contra ellos. Actitudes así solo sirven para empeorar la situación o dejar las cosas como están. 


La visión de la psicología humanista es otra: la realidad, por negativa que sea, se puede cambiar en positiva si los hombres y mujeres insertos en esa realidad se deciden por el cambio. Lo bueno es que esos hombres y mujeres están ahí, existen, creo en ellos, confío en ellos; todos nosotros conocemos personas de esa alta calidad. 


La Navidad es una buena ocasión para renovar esperanzas, puesto que al llegar este tiempo, todos -tanto creyentes como agnósticos y ateos- nos dejamos invadir de ciertos sentimientos que tocan lo más humano de nosotros mismos; sentimientos que invitan a la reflexión desde lo profundo, y por lo mismo pueden producir positivos cambios de actitudes. Los seguidores de la psicología humanista, especialmente los simpatizantes de la psicología de la liberación, saben que la motivación más grande del ser humano es aquella que partiendo del conocimiento de la propia verdad -a veces triste verdad- se decide por el cambio. Cuando una joven anoréxica nos grita su verdad: “Soy anoréxica. Por favor, ayúdenme, quiero salir de esto”, ya nada ni nadie la podrá detener en su lucha de autoliberación. Esta es la verdad que nos hace libres; esta es la motivación del amor, la de la sana autoestima. La motivación del amor y de la verdad van siempre de la mano. De ahí viene la fuerza que mueve montañas. Según Erich Fromm esta motivación es la que tiene la capacidad de hacer al hombre y a la mujer persona sana, virtuosa y libre. La persona sana es productiva en el sentido integral de la palabra, es decir, es capaz de amar y trabajar, y por lo mismo es hombre feliz, mujer feliz. En todos nosotros hay algo o mucho de idealismo que nos invita a luchar por alguna meta que está más allá de la obtención de un beneficio físico inmediato. Esto explica que a la persona que solo aspirara a unas pobres metas inmediatas de beneficio físico o económico, pronto la veamos víctima de su propia terrible y amarga frustración.


La nuestra es una sociedad laica y secularizada que quizás omite la simbología religiosa de la Navidad; sociedad que prescinde de explícitas alusiones a nombres y contenidos de fe, pero que enfatiza y destaca valores humanos que hacen muy explícito el respeto que merece todo hombre y toda mujer, sea de la condición social que sea, pertenezca o no a creencia religiosa alguna, viva la orientación sexual que viva. La teoría psicológica de la liberación afirma que el proceso para el cambio positivo parte desde la toma de conciencia de la realidad. Bendita sea la actitud laica y secularizada, pero que ayuda a que tomemos cada vez mayor conciencia de la dignidad de la persona humana y del respeto que esta persona merece, que nos invita a respetar el sano pluralismo, y que valora la libertad de las conciencias. ¿No es esa misma la enseñanza del Jesús de la Navidad? Por eso abrigo esperanzas de que todos construiremos una sociedad mejor. Feliz Navidad.

 

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