Alerta de bullyng

Por: 04:15 PM 2016-12-01

La condena al Colegio La Araucana de esta ciudad, como responsable solidario de un trágico suceso ocurrido en 2011, el suicidio de un adolescente de 16 años que cursaba estudios en ese establecimiento, ha vuelto a poner de relieve una frecuente forma de violencia escolar que actualmente se suele designar con la voz inglesa: bullying, cuyo significado es “intimidación, acoso, matonaje escolar”. 

Esa conducta agresiva se manifiesta en un maltrato psicológico, verbal y físico, de la víctima elegida. Se trata, pues, de un proceso de hostigamiento reiterado que supone un abuso de poder del victimario, que amenaza por su mayor fuerza o porque lidera un grupo que presiona sobre la víctima, que se siente amedrentada y solitaria. Esa ingrata situación empuja al que la sufre a elaborar fantasías de suicidio, que ve como una liberación y, en algunos casos, la tendencia autodestructora desgraciadamente se hace real.

El comportamiento que vive el acosado se puede describir en estos términos: bloqueo afectivo, marginación, sometimiento a las coacciones que recibe y a las cuales no encuentra respuesta eficaz. Ese drama de persecución entablado en el ámbito escolar puede quedar ajeno al entorno familiar y, también, a la percepción de los docentes, ya sea porque la propia víctima lo silencia por razones de carácter, temor a que el hostigamiento se agrave o bien porque en el propio establecimiento educacional no están preparados para detectarlo y abordarlo. 

En tal sentido, el fallo de la Corte Suprema, que obliga al colegio La Araucana a pagar $15 millones a la familia del menor, establece con claridad la responsabilidad que le cabe a esta unidad educativa y es coherente con otros pronunciamientos del mismo tribunal en casos similares. El dictamen reconoce que un contrato de prestación de servicios educacionales no solo supone el deber de entregar conocimientos y formar en competencias y habilidades, sino también una obligación de seguridad, consistente en proteger la integridad física y psicológica del educando. Igualmente, establece que los reiterados episodios de burlas, amenazas y golpes al interior del centro de estudios no fueron considerados por el sostenedor y tampoco informados a la autoridad local. 

Las conductas descritas no son extrañas en el curso de la transición infanto-juvenil. Siempre hay bromas que recaen sobre algún “punto” que concentra burlas y desafíos. Sin embargo, en la mayoría de los casos, las cosas no van más allá, ni se concentran tan obstinadamente en alguien. Pero, cuando el acoso persiste y el menor o adolescente no logra avanzar en su integración en el grupo con el cual tiene que compartir actividades de estudios, juegos o de recreación, crece el riesgo del aislamiento doloroso con sus eventuales derivaciones.

De ahí que el penoso fin de este adolescente nos recuerde, una vez más, la necesidad de redoblar los esfuerzos para que los proyectos educativos de cada establecimiento incorporen en su misión la formación de ciudadanos respetuosos de las minorías y las diferencias y capaciten a su personal docente para detectar las situaciones de bullying que se presenten en el colegio y en la vida social de los menores y abordarlas por medio del diálogo y el debate con sus alumnos, de modo que éstos comprendan la necesidad de poner fin a todo tipo de situaciones violentas y que las sociedades civilizadas se construyen sobre la base del respeto mutuo, la tolerancia y la solidaridad. 

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