Desafío agroalimentario

Por: 10:30 AM 2016-11-07

Guste o no, la futura Región de Ñuble seguirá asociada a una larga tradición agrícola que le ha permitido generar riqueza y una identidad cultural que la diferencia con claridad y a la que ahora debe sumarse la sustentabilidad como un factor estratégico de primer orden.

En efecto, el siglo XXI plantea el desafío de contar con sistemas alimentarios sostenibles que no degraden el ambiente natural, ni amenacen a los ecosistemas y a la biodiversidad porque nuestro abastecimiento futuro depende de ellos.

La Región de Ñuble contará en el futuro con cinco embalses. La Punilla es el proyecto más avanzado, pero hay otras cuatro iniciativas que  deberían concretarse en la próxima década, por lo que tal disponibilidad de agua es una ventana que se abre y confirma la vocación productiva de esta zona, pero que también deberá tener un correlato ambiental.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cada día una de cada siete personas del planeta se va hambrienta a la cama y más de siete millones de niños de menos de 5 años mueren de hambre cada año mientras se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida. Lo curioso es que hemos desarrollado una cierta indiferencia o aceptabilidad ante hechos como los citados que, solos, ya resultan éticamente inaceptables, pero mucho peor aún si el hambre convive con la dilapidación, con el derroche. Una realidad que se verá agravada, sin duda, por los efectos del cambio climático. La producción global de alimentos ocupa un 25% de la superficie habitable, un 70% de consumo de agua, produce un 80% de deforestación y un 30% de gases.

Es, por tanto, una de las actividades que más afectan a la pérdida de biodiversidad y a los cambios en el uso del suelo. Por eso se pretende promover la toma de decisiones informadas, es decir, elegir aquellos alimentos cuyo impacto en el ambiente sea menor, incentivando la adquisición de productos orgánicos, los generados en mercados locales, donde se requiera menos transporte y, por lo tanto, se produzca una menor contaminación.

De hecho, ya se conoce la huella hídrica de cerca de 20 productos agropecuarios de la región, varios de ellos con incidencia en la provincia, como arándanos, remolacha, maíz, arroz, tomate, manzanas, cerezos, oliva y kiwi. Se trata de conocer como este recurso afecta las actividades humanas en los procesos productivos y en las cadenas de distribución.

El concepto fue desarrollado por el académico holandés Arjen Hoekstra, hace una década y se define como “un indicador del uso de agua dulce que no solo considera el uso directo de un consumidor o productor, sino también indirecto”.

Y tal como ocurre con la huella de carbono, la huella hídrica está llamada a tener relevancia creciente en momentos en que el cambio climático muestra para esta zona proyecciones de aumentos de temperatura entre 1 y 3º en un escenario moderado, y de 2 a 4º en un escenario severo de aquí a fin de siglo.

Igual como hoy un consumidor está dispuesto a pagar más por un producto que tiene baja huella de carbono porque está ayudando a neutralizar el calentamiento global, lo mismo está empezando a ocurrir con la huella hídrica, que mientras más baja es, mayor es el valor que agrega a los productos.

En síntesis, es el momento de que los agentes productivos locales reflexionen acerca de cómo debería ser un sistema alimentario sostenible, qué acciones podrían emprenderse para mejorar nuestras modalidades actuales de generación y uso de alimentos, y cómo aprovechar mejor los recursos productivos. Hay una oportunidad real para plantearse éstas y otras preguntas. No hacerlo es darle la espalda al futuro.

Comentarios