Desobediencia peatonal

Por: 03:45 PM 2016-11-05

Según estadísticas de Carabineros, el 80% de los accidentes por atropellos en Ñuble se deben a la imprudencia de los peatones, es decir, corresponden a casos en que la víctima caminaba por lugares no autorizados, cruzaba sorpresivamente la calzada o lo hacía bajo los efectos del alcohol. 

Si bien un factor importante también es el exceso de velocidad de los automovilistas, lo que determina la alta tasa de mortalidad en los atropellos registrados en la zona, las cifras dejan en evidencia la responsabilidad que le cabe a los peatones. 

De hecho, el comportamiento de los ñublensinos en esta materia obtiene una pésima nota, como lo reconocen desde las instituciones policiales. Y es que al igual como existen conductores imprudentes, capaces de provocar choques y atropellos, también existen peatones que por imprudencia al movilizarse por la calle y sobre todo por caminos rurales, pueden ocasionar un accidente, poniendo en riesgo su propia vida y la de terceros. 

Cae de maduro que el transeúnte está indefenso, aparentemente, frente a los excesos de ciertos conductores de vehículos que no reparan en su propia seguridad y menos aún en la ajena. Sin embargo, llegado el momento de explicar el alarmante aumento de casos de atropellos con resultado de muerte en Ñuble (30 en lo que va del año), los funcionarios y los expertos en seguridad vial subrayan que la desobediencia es generalizada: ya sea por ignorancia, desidia, indiferencia o intencionada rebeldía, los peatones suponen que están al margen de las reglamentaciones de tránsito. 

Daría la impresión de que infieren, erróneamente, que se les aplican todos los derechos y están eximidos de las obligaciones en esa materia. Basta con detenerse en las múltiples situaciones que son apreciables a simple vista en las avenidas y calles de la ciudad, desde las más concurridas hasta las menos pobladas. Peatones que hacen caso omiso de las indicaciones de los semáforos, otros que atraviesan las calzadas incluso a pesar de que la luz verde les esté dando el paso a los vehículos; no pocos, incluso, lo hacen en actitud desafiante, como si enfrentasen al tránsito automotor para forzarlo a aminorar la marcha o detenerse. 

La inexplicable rebeldía es imitada en sectores de la Ruta 5 y caminos rurales por quienes desprecian la senda peatonal (cuando existe) y cruzan por donde se les viene en gana.

Capítulo aparte, son los “adictos al celular”, peatones cuya función atencional se ve reducida al mínimo. 

Esta suerte de desafío cotidiano es muestra expresiva de una preocupante carencia de cultura cívica e irrespeto de un principio básico de la convivencia social, incluso a pesar que nuestra legislación vial tipifica, al menos en teoría, las faltas que ellos pudiesen cometer. 

Obviamente se trata de una cuestión de educación. El buen comportamiento en ese sentido debería ser inculcado desde los primeros niveles de la escolaridad. Algún día tal vez se habrá de llegar a ese grado de excelencia. Entretanto, los peatones deben ser aleccionados en forma intensa acerca de sus derechos y obligaciones, de manera tal que después no tengan excusas cuando sus inconductas viales sean sancionadas por una reglamentación que existe desde 2008, pero que rara vez es aplicada.

Bien sabido es que la aplicación de multas tiene un efecto disuasivo, pues cuando se trata del bolsillo las personas son capaces de cambiar rápidamente sus hábitos, sin embargo, si ello no va asociado a la educación, difícilmente se logrará sostener un cambio cultural sobre esta delicada materia en el largo plazo.

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