[Editorial] Autoridad moral del profesor

Por: Fotografía: Victor Orellana 10:35 AM 2016-10-13

Dentro del cuadro problemático de nuestra educación preocupa cada vez más la crisis de autoridad escolar y familiar, cuestión que resiente notoriamente el funcionamiento de la enseñanza. Ello no solo involucra a los protagonistas del proceso escolar, pues está presente en el espacio familiar, donde muchos padres no se comportan como mayores al apoyar conductas donde la adolescencia no solo está presente por la edad de los menores, sino por la falta de coherencia en los adultos.

Como se ha podido ver, hay padres que rechazan el respaldo a la autoridad escolar al optar por acompañar los actos de indisciplina de sus hijos, confundiendo el principio de realidad, que educa señalando límites a los menores, con falsa solidaridad. Son escenas que se repiten en distintos estamentos sociales y en colegios públicos o privados. Está claro que así se crea un clima desfavorable para estudiar y para madurar.

Como lo confirman distintos especialistas, la escuela verticalista tradicional ya no está vigente, pues el concepto de autoridad antes plenamente respetado, ha desaparecido. En parte, esa declinación se debe a la desvalorización de la autoridad, asociándola al autoritarismo. Este deslizamiento del significado ha llevado a ceder la autoridad a los menores restándola a los mayores, lo que introdujo una cuota de anarquía en el sistema educativo.

Un problema tan agudo merece considerarse de acuerdo con el significado de las palabras que ordenan el pensamiento y la acción. Por ello, es oportuno recordar que la autoridad alude, por una parte, al poder que otorga un cargo a la persona que lo ejerce; por ejemplo, para dirigir a otros. Pero también por autoridad puede entenderse la condición de legitimidad reconocida para conducir a otras personas, sea por su capacidad, experiencia o valores, coherencia y ejemplo. El primer significado gravitó mucho más en el pasado. Hoy resulta insuficiente y requiere el aporte del segundo sentido, ya que la autoridad que no se discute es la que se funda en la legitimidad ganada, carácter que se espera del padre y del docente, unida a otras condiciones y habilidades como una comunicación eficiente.

Precisamente, la comunicación requiere hoy de un esmero y cuidados especiales, pues nadie niega que es conveniente que los menores participen, pero en un marco de respeto y dentro de las fronteras de su edad. 

Sin embargo, no hay que olvidar que la autoridad no se otorga y concede, sino es algo que se consigue y obtiene. A diferencia del poder, caracterizado por la capacidad de conseguir determinadas conductas a través de recompensas y castigos, la autoridad se basa en la capacidad de influencia, en el prestigio moral que convence a las personas para que, sin necesidad de recurrir al poder, asuman determinadas conductas.

En consecuencia, si nos centramos en la función docente, para que ésta sea ejercida positivamente, no bastan los títulos, aunque sean necesarios. La consideración debida a la autoridad moral se tiene que tener presente día a día, y ser encarada por el profesor a través de la preparación, del esfuerzo, del trato y de la correcta conducción.

Por lo mismo, en la formación de los docentes, la concepción de autoridad y su ejercicio como líder no pueden quedar reducidas a un taller o una asignatura complementaria, sino que ser objeto de preparación y riguroso estudio. 

 

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