Políticos: hombres y mujeres para los demás

Por: José Luis Ysern de Arce 2016-10-10
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Hubo un hombre muy querido y admirado por la gente de mi generación, especialmente si teníamos algo que ver con el mundo de la educación y de la formación humana. Me refiero al gran vasco sin fronteras Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas, testigo de la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima. Este hombre genial decía que teníamos que formar “hombres y mujeres para los demás”. Me he acordado de esta frase ahora que estamos en plena campaña de elecciones municipales. Platón y Aristóteles afirmaban que el ser humano es “homo politicus”, hombre político, es decir, que la actitud política va asociada a la naturaleza humana. Estos grandes filósofos entienden por política todo aquello que conduce al bien de los demás, al bien de la ciudad (polis). Gracias a nuestra preocupación por los demás los seres humanos alcanzamos nuestra liberación, nuestra felicidad. En este sentido, por lo tanto, ningún hombre, ninguna mujer, puede ser apolítico/a. En estricto rigor ser apolítico equivaldría a ser indiferente a las necesidades del prójimo, ser ajeno a los gozos y esperanzas, angustias y necesidades de las personas de nuestro entorno. Ser apolítico sería entonces ser un desalmado, una persona sin alma ni corazón, persona insolidaria, egoísta y encerrada en sí misma de una manera patológica. Por eso las personas indiferentes, individualistas y egoístas, son personas tristes, amargadas y nada felices. Aunque todas las personas normales tienen alma solidaria que las lleva a preocuparse por los demás, hay algunos hombres y mujeres que han hecho de esa dimensión humana el centro de su vida: sienten una vocación especial para prestar servicio a la comunidad desde puestos de poder político. Este servicio a los demás -a la ciudad- lo practican ocupando cargos de responsabilidad social, cargos donde cuentan con cierta cuota de poder para influir en la mejoría de la vida de los demás y ejercitar su mejor servicio al prójimo. Su vocación política los llama a ocupar ciertos cargos importantes -alcaldes, concejales- para hacer desde ahí todo lo mejor que puedan por el bien común. Por eso ya en 1927 el Papa Pío XI decía a los universitarios italianos que la política es la expresión máxima de la caridad. En una democracia estos hombres y mujeres con vocación política se presentan ante el pueblo para que los ciudadanos les concedan o nieguen su voto. El ciudadano común y corriente debe comprometerse a esta actividad electoral con su voto ético, es decir, debe votar con toda responsabilidad, debidamente informado y a conciencia.

Los ciudadanos que deseamos ejercitar el voto ético nos fijamos en algunas características que deben adornar al buen  político, al buen servidor público. Lo ideal es que las personas que aspiran a ser elegidas destaquen por valores que se llaman finalistas, es decir, personas que se sientan identificadas con aquellos grandes valores que orienten el sentido final de sus vidas. Son valores universales, de primera importancia: sentido de justicia, defensa de los derechos humanos, sentido de equidad, transparencia en el uso del dinero, buscar la gratuidad en aquellos servicios más importantes, compromiso por la paz, tolerancia, ética en todo, fidelidad y lealtad, compromiso por la ecología, amplitud y altura de miras. En una sociedad como la nuestra, donde el nivel de confianza ha caído a cotas alarmantes, necesitamos recuperar la confianza entre nosotros y en nuestros políticos. Lo vamos a lograr si contamos con mujeres y hombres políticos que con su actuar, más que con sus discursos, demuestren que están hechos para los demás.

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