[Editorial] Educar en la tolerancia

Por: Fotografía: Fernando Villa 10:10 AM 2016-09-14

Si bien no se trata de un hecho novedoso, la brutal golpiza sufrida ayer por tres estudiantes del Colegio Creación a manos de otros jóvenes que utilizaron manoplas y bastones retráctiles, vuelve a situar el tema de la violencia en la agenda de la opinión pública local. 

El ataque ocurrido un día después de un incidente ocurrido en el establecimiento educacional terminó con un estudiante lesionado gravemente, con su familia estudiando acciones legales y con el colegio optando, hasta ahora, por el silencio. 

Se trata, por cierto, de un caso grave e inusual en cuanto a la intensidad de la violencia, pero que nos permite formular conjeturas acerca del futuro de nuestros adolescentes si el sistema educativo, cuando efectivamente son parte de él, no puede ayudarlos a resolver la agresividad que vienen mostrando en sus comportamientos. 
En efecto, este hecho alcanzó notoriedad, pero hay cientos de otros episodios de menor impacto público o que no trascienden mediáticamente, pero que también envuelven a jóvenes, adolescentes e incluso niños. 

Desde 2013 se realiza un catastro de denuncias de maltrato entre los estudiantes y su comparación interanual revela un persistente aumento de las denuncias en todas las categorías, esto es maltrato físico, maltrato psicológico (fundamentalmente a través de redes sociales) y denuncias de agresiones sexuales.

Por otra parte, entre los países de la OCDE, con los cuales decidimos compararnos, Chile es el que tiene peor índice de clima escolar. Éste es un indicador del aprendizaje de la convivencia y contribuye también a la apropiación de los conocimientos y habilidades que forman parte del currículum. De hecho, su relación con los resultados académicos también quedó demostrada en un estudio del Mineduc, ya que los establecimientos con altos índices de bullying, en promedio, presentan bajos resultados en los Simce de Lenguaje y Matemática. 

Si se considera el problema con amplitud en el tiempo y en el espacio, se advierte que la violencia es tan antigua como la sociedad humana. Sin embargo, esa afirmación conformista no satisface, por cuanto es lógico esperar un constante avance en las formas de conducta, en vez del triste retroceso que hoy se observa. 
Si se delimita entonces el problema, lo primero debería ser examinar las variables de mayor incidencia en los comportamientos violentos. En este sentido, se ha dicho con razón que la forma de relación que se ha venido instalando entre padres e hijos, una mal entendida simetría igualitaria, está privando de autoridad a los mayores cuando llega el momento de guiar a los adolescentes. 

La misma falta de autoridad se ha venido produciendo en la relación entre docentes y alumnos a través de una poca sana ideología que lleva a estimar la disciplina como un modo de represión y las sanciones como un producto del autoritarismo, con lo cual se crean condiciones para un estado de confusión, sin valores, anárquico y violento.
Muchas veces la sociedad es la encargada de destruir aquello que la educación procura construir. Esta certeza, sin embargo, no nos habilita a pensar que el sistema escolar debe cumplir una función pasiva, dirigida básicamente a brindar conocimientos sobre determinadas materias. El colegio debe, ante todo, transmitir pautas de convivencia y formar personas sobre la base de la tolerancia y el respeto mutuo de las diferencias. Esa misión es indelegable. 

 

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