Prostitución infantil en Chillán: la amenaza a las menores vulnerables

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Agencia Uno 10:40 PM 2016-09-03

La hija de Eugenia está entrando en la adolescencia. No hay padre a quien acudir y con el dinero que gana la madre haciendo aseo en un local del centro, a duras penas alcanza para las necesidades básicas, dejando los jeans, las zapatillas de marca y el maquillaje dentro del ítem de lo inalcanzable.

La hija de Eugenia comenzó a sentirse frustrada al ver que algunas de sus amigas siempre andaban con celulares caros y con planes  de minutos e internet.  Su primera reacción fue la de “empezar a cortarse los brazos, a usar ropa negra y a salir con niñas que no me gustaban”, comenta a LA DISCUSIÓN  esta vecina de la Población Lomas de Oriente que prefiera reservar su identidad, mientras aguarda por la audiencia de una familiar suya en el Juzgado de Garantía de Chillán.

Su pelo teñido de rojo, que le hace de cortina a sus ojos verdosos, no alcanza a tapar cuando se tornan brillosos al llegar a ciertos puntos del relato, esos que para ninguna madre es fácil de contar.

“Un día mi hija me dijo que quería ropa, ropa buena, y que iba a salir a buscar a un viejo con plata para que se la comprara”, confidencia avergonzada.

Para Eugenia, el anuncio era más que una simple amenaza, ya que “ella se estaba juntando con una prima, una niña un poco mayor que está viviendo con la abuela (la madre de Eugenia) porque su mamá es drogadicta y el papá es como si no existiera; y ella se prostituye de chica, por eso siempre anda con cosas caras y con plata”.

Hay quienes las han visto de noche haciéndole dedo a los taxistas para que a cambio de sexo las lleven a comprar drogas; otros las intentan ubicar en sitios oscuros de las poblaciones periféricas y otros saben que  a veces se las encuentra en el Paseo La Merced.

La prostitución infantil en Chillán existe y para algunas personas resulta hasta evidente. Sin embargo, las denuncias que llegan a la PDI son pocas y menos aún son los casos judicializados por el Ministerio Público.

En este punto la jefa de la Brigada de Delitos Sexuales y Menores (Brisexme), Carolina González; y el fiscal Eduardo Planck, quien dirigió dos de los casos más recordados sobre este delito, coinciden en que las denuncias son escasas, pero que “siempre hay sospechas de varios de los casos de niñas que se escapan de los hogares de menores”.

Y es que “de esas denuncias, de adolescentes que se escapan y vuelven a los tres o cuatro días y que no se fueron necesariamente a sus casas, tenemos prácticamente siempre”, apunta Planck.

Fue necesario hacer contacto con una sola de las madres de alguna de esas niñas que se escapan de un hogar para confirmar las sospechas.

“Se puso a pololear con un hombre casado”

J.M. cuenta a LA DISCUSIÓN que “cada vez que mi hija se arrancaba yo ni dormía por miedo a que se fuera a meter con hombres. Ella siempre fue muy desarrollada y es linda, entonces no tenía ni 12 años y había hombres que me preguntaban que cuánto les cobraba por dejarlos estar con ella. Pero el problema empezó porque ella se puso a pololear con un hombre que era casado y tenía hijos, la iba a buscar en las noches y ese le enseñó de todo. Yo no hallaba qué hacer y vivíamos peleando con la niña”, relata.

Ello hasta que una cuñada descubrió que en el celular de la niña, ya de 13 años, había fotos y videos de ella que enviaba por Whatsapp a adultos, en retribución a que le mantuvieran su teléfono siempre con carga. Habría sido por esta razón que el Tribunal de Familia estimó que J.M. no era capaz de hacerse cargo de la niña y la derivó a un hogar de menores.

“Ahí conoció a la G., que es cuatro años mayor. Ella se prostituye en el Paseo La Merced y siempre se escapa con ella y sé que se van a esconder donde gallos que son adictos a la pasta base”, cuenta la mujer, quien además admite que en las cercanías de su barrio hay más mujeres de escasos recursos, vulnerables y hasta analfabetas (como ella misma), que están sufriendo este problema con sus hijas menores de edad, desorientadas y sin saber a quién acudir ni como enfrentar el problema.
drogas, ambición, pobreza

C. tiene 16 años y su vestir es sencillo, sobrio y limpio. “Muchas personas de mi edad quieren tenerlo todo altiro, no están dispuestas a esperar, ni trabajar o ahorrar, se obsesionan con algo y lo buscan a como dé lugar”, revela.

Admite que su familia no es de muchos recursos, pero que en cambio le han inculcado valores. “Ahora yo estoy tratando de ayudar a la hija de una vecina que se estaba metiendo en la prostitución. Ella tiene 14 años y se empezó a juntar con otras niñas que le decían que se ganaba plata, que los viejos eran piola y que las trataban bien.

Todo esto parte con las drogas, porque cuando se meten en la pasta base es cuando ya después hacen lo que sea por plata; y cuando se ven con plata se empiezan a comprar ropa, celulares y dejan de ir al colegio”, explica.

Es precisamente la pasta base la droga a la que es adicto un joven del sector poniente que recibió el mes pasado a dos niñas que tenían una denuncia por presunta desgracia sobre sí. Una de ellas escapó de un hogar de la provincia.

“J” reveló frente a su madre: “Dormíamos los tres en un colchón, pero yo siempre dejaba que mi amiga durmiera al medio, no quería que él me tocara, porque me ha pasado mucho que cuando me acercaba a algún loco, o me sentaba al lado de alguien cuando viajaba a ver a mi papá a Santiago, me tocaban. Yo no sabía cómo reaccionar porque tenía 11 años”.

Pese a eso, la mujer dejó entrever que la niña se metía con adultos, lo que la menor negó; y a su vez la niña dijo que la habían ingresado a un hogar porque “un día me enojé con mi mamá y le dije a los ‘tiras’  que ella me presentaba hombres a cambio de plata. Pero ahora le dije a los ‘tiras’ que eso era mentira... me quiero salir del hogar, quiero volver con mi mamá”. 

Al menos Eugenia logró que su niña rehusara “buscar un viejo con plata”. Según ella, “pedí ayuda en todos lados, en el consultorio nos derivaban a un sicólogo, pero ellos le preguntaban siempre lo mismo y no ayudaban mucho, al final la niña se aburría de ir. Un día nos ayudaron en Gendarmería con sicólogo y ahí funcionó. La cambié de liceo y la han ayudado mucho en lo valórico, ya no piensa en ropa ni nada de eso y no sabe cómo me pongo de feliz cada vez que en la noche me voy a acostar y sé que ella está durmiendo tranquilita en su pieza”.

Comentarios