[Editorial] Inseguridad rural

Por: Fotografía: Víctor Orellana 10:30 AM 2016-08-25

Con características de las más variadas, se han agravado en los últimos meses los delitos rurales. No solo viene creciendo el tradicional robo de ganado vacuno, ovino y equino, sino también la apropiación de frutas, semillas, plaguicidas y fertilizantes,  y de maquinaria, vehículos, infraestructura eléctrica y de riego, entre otros objetos de trabajo. Esto es refrendado por Fedefruta, que días atrás realizó una encuesta a productores y que reveló que 9 de cada 10 empresarios frutícolas han sufrido robos en los últimos 3 años. También se constató que más del 60% de los robos a productores asciende al millón de pesos y que solo el 67% de los afectados realizó la denuncia respectiva, ya que el resto considera que hacerlo es una “pérdida de tiempo”, debido a que “otras víctimas no obtuvieron resultados”.

En Ñuble, donde el 60% de sus habitantes vive en zonas rurales, los delitos que más preocupan a los productores, por su reiteración, son el abigeato y el robo de espárragos y cerezos. Como suele ocurrir, los más afectados son los pequeños agricultores, que son muchos en la provincia, y que no están preparados para enfrentar esta nueva amenaza. 

Los líderes gremiales del agro, por su parte, han advertido sobre esta crecida delictual y han reclamado, sin éxito, mayor presencia policial. 

Pero la gravedad de la situación es indesmentible y a ello responde precisamente la constitución de la Mesa Nacional para la Prevención del Delito en el Sector Agrícola y Ganadero, instancia de colaboración público-privada que debería incidir positivamente en el combate de estos delitos. 

No obstante, la delincuencia también acecha a las comunidades asentadas en villas, pueblos e incluso pequeñas ciudades que han ido creciendo poblacionalmente y complejizándose, pero como suele ocurrir ese desarrollo no es parejo y la seguridad es un ámbito que está al debe, tanto en aquello que le corresponde al Gobierno y a las policías, como desde el punto de vista privado. Tal déficit es conocido por los delincuentes y lo están aprovechando.

En las cabeceras comunales, los dueños de los locales comerciales son las principales víctimas de la arremetida de antisociales que se estarían trasladando desde núcleos más grandes, como Chillán y Concepción, donde supuestamente la efectividad de los dispositivos policiales estaría ocasionando esta migración delictual. 
Por si fuera poco, el abigeato se ha descontrolado y nuevamente la falta de personal policial aparece como un incentivo para los delincuentes. De hecho, la nueva ley que desde 2012 establece mayores controles y endurece las sanciones al robo de ganado, no ha contado con una mayor cobertura policial, lo que obviamente debilita su imperio y cumplimiento. 

De menor ocurrencia, pero igualmente inquietante son la réplica de las salidas bancarias de las áreas urbanas, consistente en la identificación por parte de “entregadores” de aquellos productores que tengan consigo o en sus propiedades el fruto de una venta u operación financiera que los hace víctimas ideales para un robo. 

En definitiva, la realidad está mostrando que las peculiaridades del delito ejecutado en la soledad de los campos, lo mismo que en las otrora tranquilas ciudades cabeceras de comunas, requiere sólidas tareas de prevención, basadas en la investigación de las redes delictivas y el necesario aumento de la dotación policial y las respectivas herramientas que necesitan para combatir esta nueva e inmerecida amenaza sobre el mundo rural de Ñuble.

 

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