[Editorial] Autodestructivos

Por: Fotografía: Mauricio Ulloa 10:45 AM 2016-08-22

El problema de los accidentes de tránsito en Ñuble es de una gravedad tal que no se explica la falta de conciencia y de reacción de la comunidad. Frente a nosotros mueren cientos de personas al año, sin que ello sea suficiente como para originar una respuesta decisiva. 

Según el último estudio estadístico realizado a nivel nacional por Carabineros, somos la quinta provincia con más accidentes fatales en el país y una de las cuatro con más vehículos por habitantes, con un promedio de uno por cada 4. 

Tales cifras deberían hacernos reflexionar sobre una problemática en cuyas causas concurren numerosas formas de irresponsabilidad, aunque hay un factor esencial que debería convocarnos a todos: la desaprensión. 

En efecto, detrás de la negligencia de peatones, del consumo de alcohol y del exceso de velocidad -que son las causas basales de la gran mayoría de los accidentes fatales registrados en Ñuble-, el desprecio por las normas mínimas de seguridad es un denominador común.  

Esa inaudita falta de conciencia conforma un cuadro de víctimas que va en aumento. Los fallecidos pasaron de 68 en 2014 a 75 en 2015 y los accidentes se incrementaron de 2.283 en 2014 a 2.472 el año pasado. 

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿cómo concientizar a una sociedad que acepta en los hechos perder esta cantidad de vidas por año? 

Una de las hipótesis posibles es que, si bien rechazamos masivamente la muerte, no apreciamos aún suficientemente la vida. La historia y el sufrimiento nos han enseñado a rechazar todas las formas de violencia y de agresión, pero no hemos aprendido aún, en forma colectiva, a respetar aquellas cosas que, traducidas en actos concretos, significan respetar la vida propia y la ajena. En parte, porque cada accidente de tránsito queda privatizado como una fatalidad individual, en un sufrimiento para las familias de las víctimas, pero ese dolor no ha sido elevado aún a la categoría de conciencia colectiva. 

Ese umbral de conciencia es el que habría que trasponer si aspiramos a resolver el problema. Quizás no haya desprecio por la vida. Pero lo que no existe aún es el concepto activo que debería primar en una sociedad civilizada: el cuidado de la vida ajena y de la propia. 

Nadie tiene vocación de asesinar a otro ni de suicidarse, pero con ello claramente no basta. Hay que desarrollar una conciencia positiva del cuidado de sí y del cuidado de los demás. Nuestra comunidad aún no pone en práctica ese cuidado, lo cual lleva a pensar que, si bien no hay voluntad de muerte, no hemos logrado implantar a fondo todavía nuestra voluntad de vida. 

Uno de los puntos más graves es que estos accidentes están incorporados en la conciencia colectiva como una forma de fatalidad. Y ésta es la principal enfermedad: considerar inevitable algo que precisamente se puede evitar. 

Estos accidentes ocurren con un alto grado de espectacularidad y están a la vista en las primeras planas. Por lo mismo, la ausencia de reacción de la comunidad, la permisividad ante este proceso, configura un verdadero retroceso como sociedad civilizada. 

No estamos, entonces, ante una fatalidad o algo inevitable. Estamos frente a un problema social. ¿Cómo denominar si no aquello que conlleva una forma de autodestrucción? 

 

Comentarios